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6.8.15

Baño de Sangre (cuento 2008)

Estoy en una habitación, tal vez de hotel, con él. Es la primera vez que venimos aquí, que recuerde. No dormimos juntos. Yo pasé la noche en la cama y él en el sofá, tal vez. Esta habitación es muy grande, una suite o algo todavía mejor. No conozco bien este lado del mundo. Me siento cansada, con los ojos pesados y siento que necesito dormir un poco más. Cuando vuelvo en mí, descubro que la poca luz que tiene la mañana nublada y fría no me permite saber qué hora es y lo peor es que no hay un solo reloj en la habitación. Ni idea dónde está mi celular. Tal vez en mi equipaje. Miro a mí alrededor, pero no veo dónde está mi equipaje. Él sigue dormido en el sofá. Sin hacer ruido, busco bien en toda la habitación, pero no logro encontrarlo. La pregunta ahora es, ¿tengo equipaje? Lo único que tengo certeza de tener es una toalla blanca de rayas amarillas, exactamente igual a la de mi casa, que cubre mi cuerpo desnudo. Es una extraña coincidencia pues en casa tengo una igual. Quizás sea la misma; o quizás no lo sea. No estoy segura. Resignada a no encontrar ropa para vestirme, voy al baño. El reflejo en el espejo me dice que el pelo no está en su mejor estado y que mi cara, lavada, está más pálida que nunca. De repente me volteo porque él ya está ahí. No lo sentí entrar al baño, no lo vi siquiera en el espejo. Pero así suele ser él: impredecible y fantasmal. Estamos frente a frente, él se acerca cada vez más. Es terrible, pues no sé si quiere besarme o matarme. Realmente no lo sé. Yo dejo caer la toalla al piso. De pronto, su mano comienza a despegar lentamente y al alcanzar vuelo, se desplaza lentamente hasta mí y comienza a aterrizar suavemente con su palma, apenas perceptible, sobre mi pezón. El mismo sentimiento que él ha puesto en su mano, se sumerge en mí y me recorre de arriba y abajo, dejando escapar algo de líquido por entre mis piernas. No sé si es más lo que lo quiero o lo que le temo. Por ahora gana el deseo. Cuando vuelvo en mí, sigo en el baño. Reviso la habitación pero no hay nadie. Su ropa ya no está, pero las llaves de la habitación siguen en la mesa de noche. Me pregunto hace cuánto se habrá ido. No tengo noción de cuánto tiempo pasó. No sé ni siquiera qué ha pasado después de sus caricias. ¿Me habré quedado dormida? ¿Pero dónde? ¿Cómo? Últimamente pierdo la memoria por momentos. No descifro si es algo que me pasa o que él me hace. ¿Cómo saberlo si no puedo identificar el comienzo ni el final de ninguna de las situaciones de mi vida? Todo está atrapado en el sin fin, en el limbo, en el eterno presente. Todo lo que me pasa es innombrable, como esta ciudad en la que me encuentro. Vuelvo en mí al ver mi imagen pálida y aún más despeinada en el espejo. Tengo que arreglarme, quiero estar bonita. Sé que él puede regresar en cualquier momento. Desconozco para dónde vamos, pero debo estar lista. Siempre es así, aunque no recuerde las demás veces. Me quito la toalla para entrar en la ducha, pero descubro algo. Tengo algo de sangre, roja y líquida, entre mis muslos. No es normal, no estoy en tiempos de regla. No sé cómo, pero lo sé. Tal vez este sea un adelanto, o un retraso. Me dispongo a limpiarme. Lo hago una, dos tres veces, pero cada vez queda más sangre en el papel. Me agacho para volver a envolverme en la toalla, pues voy a ir a buscar un tampón cuando empieza a salir un chorro de sangre. Primero pequeño, como un hilillo, luego por montones. Y no sólo sangre. ¿Qué es eso que me sale? Comienzo a parir grumos de sangre y carne. No duele pero es horrible. Dios, no. Por favor, no. Él debe regresar en cualquier momento y yo no puedo ensuciar este baño de sangre. A él no le gusta el desorden. No podré explicarlo nunca, pues lo único que tengo claro es que no es un aborto. Lo que sale viene todo de mí misma. Intento detener la hemorragia en vano. Al contrario, comienza a derramarse, y entre más limpio, más ensucio, dejando todo lo que antes era blanco, rojo. No, por favor no. Te pido que te detengas, te lo ruego, no me hagas esto. No quiero que vea la sangre, no quiero ensuciar el baño, no quiero desangrarme. Intento cubrir y esconder la sangre en el piso con la toalla, pero es imposible, ya está en todas partes … ¿Por qué me pasa esto a mí? Hago lo que puedo, cuando tocan la puerta. Toc, toc, toc.

10.8.10

Lovestory Parte Uno

Se estaba mirando al espejo cuando sonó la puerta.
-Dude, door is open, dijo.
Enseguida entró Evan. Lo miró y le preguntó cuando pensaba afeitarse la chivera.
-Don´t know. I´ve had it for 3 months now and i´m kind of used to it –respondió.
Evin se burló, le dijo que parecía un chico y que si no salían ya iban a llegar muy tarde.

-What´s the name of the guy we´re going?
-Pancho- respondió Evan.
-And you say he´s cool.
-Yes he is, most def he is. He plays guitar like a pro and has always pot at home.
-Ok, let’s go then and see what happens tonight.

Yo estaba en la cama de Pancho, sentada muy pegada a él porque el cuarto estaba lleno de gente. Pancho era mi amigo, pero todo el mundo al principio creía siempre que éramos algo más. La verdad es que nunca nos dimos un beso o tuvimos un “momento”. Éramos sólo amigos, muy buenos amigos. Tanto, que nos importaba poco lo que dijeran o pensaran. Igual, con el tiempo, los que nos conocieran se iban a dar cuenta que no pasaba nada entre los dos.

El cuarto de Pancho no era especialmente grande, pero esa noche estaba lleno de gente. Casi siempre había gente visitándolo porque era muy popular, una de esas personas que todo el mundo quiere. Esa noche habíamos fumado y bebido y yo estaba algo mareada. Intenté reposarme. Me acosté en la cama y puse mi cabeza en un de sus piernas, pues en la otra él estaba enrollando un Joint. Entraron más personas al cuarto. Entre ellas, un tipo altísimo, blanquísimo, con una chivera larga e intensos ojos azules. Yo quería mirarlo bien y hablarle, pues estaba claro que me gustaba, pero antes quería vomitar.

Me paré como pude y fui al baño. Primero vomité, luego cagué. Salí del baño e intenté regresar al cuarto de Pancho. Con tan solo entreabrir la puerta, llegó un vaho de olor a cigarrillo y fiesta que me alborotó nuevamente las nauseas. Decidí salir. Afuera hacia 15 grados, pero aún así era mejor el aire fresco y frío. Me quedé dormida en un sofá de la terraza.

Al rato sentí voces a mi alrededor.
-She´s Panchos girlfriend, leave her alone dude.
-She´s pretty.
-Yeah she is, leave her alone.

Creo que en ese momento abrí los ojos y vi al de la chivera muy cerca de mí.
-Gehts dir gut? (estás bien?), me preguntó con voz suave.
-Ja danke (sí, gracias), contesté un poco asustada. Mir ist kalt (tengo frío), agregué.
Hubo un silencio corto en el que él tomó distancia y pude verlo a él y a su otro amigo. No entendí muy bien qué hacía tan cerca de mí.
-Ich gehe jetzt rein, (voy a entrar ahora), dije.
-Ok, ciao. Machs gut (ok, chao. Que estés bien), dijo.

Y se fue. Se fueron. Yo no dije nada más.

Entré al cuarto de Pancho y la fiesta seguía. Comencé a sentirme mejor una vez me calenté. Pancho tocó guitarra, como siempre, Irvan lo acompañó con los tambores y cantamos. Esa noche dormí en casa de Pancho.

Al otro día, cuando nos despertamos, le pregunté quién era el tipo de la chivera.

-No lo conozco.
-Nunca lo habías visto?, le pregunté
-Sí, una vez antes. Pero sólo hasta anoche nos presentaron.
-Y qué sabes de él?
-No mucho. Que es gringo y que es amigo de unos amigos.
-Dónde vive?
-No sé. Por qué tantas preguntas? Te hizo algo?
-No, anoche lo vi afuera en la terraza. Creo que me estaba espiando mientras dormía. Pero no hizo nada.
Entonces Pancho hizo un mmm y no dijo nada más.

Al día siguiente, que era sábado, llegué a las 5 de la tarde a casa de pancho. No le había avisado que iba a ir. Cuando me abrió la puerta me miró de pies a cabeza.
-Y a ti qué te pasa que estás tan arreglada?
-Es que presiente que hoy lo voy a ver.
-A quién?
-Pues al gringo.
-Ah sí? Y en dónde?
-Aquí en tu casa.
Pancho se rió.
-No querida, acá no será porque yo tengo que salir a trabajar a las 7.

Sentí una enorme vergüenza por estar tan arreglada para nada. Pancho lo debió notar porque me dijo:
-oye, pero si estás linda. Puedes ir a cualquier parte y pasarla bien.
-de hecho tenía una cita.
-Con quién?
-Con los sudtiroler. Se supone que vamos al Shamrock esta noche. Pero la verdad es que quería cambiar de planes.
-Bueno, si no te molesta, Stavros debe estar que llega y con él vamos a ir a una Grillparty antes de que tenga que salir al trabajo. Si quieres, vienes con nosotros.

Y justo en ese momento Stavros entró. Stavros es aún hoy uno de los sujetos más extraños que haya conocido. Pálido como la muerte, con ojos muy abiertos y pupilas muy dilatas a causa de su traba permanente, con espíritu frenético y expresión de psicópata. Además inteligentísimo. Me gustaba su compañía aunque nunca dejé de sentir miedo a su lado. En parte porque sabía que estaba enamorado de mí. No sólo me daba cuenta, sino que Pancho me lo había dicho, a modo de advertencia.

Nos montamos en el carro del que Stavros era chofer y nos dirigimos un lugar para mí desconocido. Cuando llegamos, se trataba de alemanes celebrando una de sus fiestas aburridas. Pancho, Stavros y yo nos sentamos en una esquina de las mesas y nunca llegamos a conversar con nadie más pues éramos los únicos extranjeros. Al rato, Pancho anunció que debía salir para el trabajo. Aburrida, como estaba, consideré irme con él y buscar otro destino. Estaba ya recogiendo mis cosas cuando entró el chico de la chivera sin chivera. Venía otra vez con su amigo.

Mi corazón empezó a latir fuerte. Le dije a Stavros que ya no me iba, que ahora me quedaba. Se disgustó e hizo una cara como de querer matarme y se fue a llevar a Pancho, quien desde la puerta me gritó “ahí tienes lo tuyo”. Le mandé un beso por el aire, se rió y se perdió de mi vista, con Stavros, para mi fortuna. Me quedé sola en la fiesta y escogí posición estratégica al lado de la caja de cerveza. Tarde o temprano los gringos tendrían que venir por una.

Mi estrategia funcionó a la perfección. Me preguntó si podía coger una cerveza. Le dije que no eran mías pero que adelante.
-Du bist Panchos Freundinn, nicht? (tu eres la novia de Pancho, cierto?)
-Nein, bin ich nicht. (no, no soy). Wir sind nur gute Freunde. (solo somos Buenos amigos)
En ese momento vi por primera vez su sonrisa.

4.5.10

Vainilla.

Ya lo había visto varias veces. Tantas, que comenzaba a parecerme sospechoso. No tanto de que estuviera siguiéndome, pues era evidente que se trataba de encuentros casuales, sino del destino, que a veces se empeña en insistir con ciertas fichas, hasta hacerlo parecer todo más que coincidencia.

Un día nos saludamos. Fue en las escaleras eléctricas azules de la estación Münchener Freiheit. Yo bajaba y él subía. Yo venía sola, él con amigos. Me estaba dando la espalda y por eso no lo había reconocido, se volteó de repente y nuestras miradas chocaron. Fue un accidente que nos levantáramos la ceja en actitud de saludo, pues los dos sabíamos muy bien que no nos conocíamos. Volvimos a encontrarnos, dos o tres días después, en una discoteca en Alte Heide. Ahí fue cuando tuve certeza de que estábamos alineados en la U6. Él me miraba desde lejos, pero no pasó de ahí.

De la U-bahn recuerdo tres cosas especialmente:
1. Que en un vagón, a casi cualquier hora del día, casi cualquier día del año, uno podía oir el leve golpeteo del zapato de un sujeto con síndrome de pie nervioso, en el extremo opuesto del vagón.
2. Que en la salida de la U6 en la estación Marienplatz estaban las escaleras eléctricas más empinadas y largas que yo he visto jamás.
3. Que en septiembre se convertía en el depósito de vómito y borrachos del Oktoberfest y durante esas tres semanas era el lugar más detestable de toda la ciudad.

Una noche volvía de rezar la novena en casa de mi tía. El frío me obligó a tomar el bus 134, que se metía a dar la vuelta larga por un supermercado verde y amarillo al que nunca entré. Justo en esa estación se subió al bus. Tenía nieve en el pelo, las gafas empañadas y una mirada transparente. Su sonrisa le marcaba unos hoyuelos, que me permitían imaginarme cómo era cuando niño. Esa noche me habló por primera vez. Que cómo me llamaba, dónde vivía, qué hacía, dónde estudiaba y si tenía novio. Contesté todas las respuestas con la verdad y me bajé en mi estación sin devolver ninguna.

El invierno en Alemania es extraño. Blanco. Frio. Me gustaba sentir el deslizamiento de la bicicleta cuando frenaba en seco sobre el hielo. Me gustaba hacer siestas de 4 a 7 p.m. para acortar la noche. Lo mejor era cuando me iba a las antípodas a ver el cielo azul bajo 30 centígrados, mientras los tristes europeos seguían quemándose el culo de frío, fornicando desesperados por ahuyentarse de su perfección sinsentido. Y entonces yo me preguntaba si acaso los seres valían más por el solo hecho de sentir pasión por la vida misma. Quisiera poder recordar a los alemanes con menos desprecio, pero por alguna razón aún ilegible, me resulta imposible. Creo que sencillamente aprecio más la sonrisas que el vorsprung durch technick.

La última vez que nos vimos fue en una fiesta de verano en Studentenstadt. Estábamos sentados frente a frente, aunque en mesas diferentes. Habían pasado meses desde aquella noche en que caminaba con él en una noche fría de primavera camino a casa, a pie, porque no había más U-bahn ni buses. Estábamos a medio camino entre su casa y la fiesta donde habíamos dejado a todos mis amigos. Yo me comportaba como una tonta con iniciativa, pero en un momento de lucidez, en que él caminaba delante de mí, como buen árabe, entendí que nada de lo que venía a continuación era necesario, que ya había pasado por ahí una vez y que el amor que había creído poder sentir por él aquella tarde en su ducha, tras haber desayunado yogurth de vainilla, condición que le había dado para pasar la noche con él (extraña ficha con la que se empeñó mi infinito mundo de posibilidades en aquella época), sencillamente no era suficiente y lo mejor era regresar donde mis amigos, que ya empezaban a hacerme falta.
Sin dar explicaciones, lo llamé con un simple hey. El mismo gesto con el que le declaré mi “amor” una noche cualquiera, fue el mismo que usé para mi despedida. Esta vez , en vez de atrapar el beso que le mandaba y llevárselo directo a su corazón, dejó que el beso volara hacia el cielo y se fundiera con cualquier otra cosa en el mundo entero que en todo caso no era ni él. Yo no supe si ponerme triste o feliz.

Las extrañas fichas con las que se empeña de la vida, poco a poco se van volviendo símbolos, que a través de una serie de epifanías marcan nuestras vidas de principio a fin, y sus apariciones, las hacen poéticas o miserables, o ambas. Pareciera que cada cual escogiera la suya, se jugara la suya y la mayoría perdiera. Pareciera que hay personas capaces de quedarse vacías, o de sencillamente siempre sacar fichas muy insignificantes. Como el yogurth de vainilla.

Mirándome desde su mesa, se decidió por fin a ponerse de pie y venir a saludarme. Yo también ansiaba poder hablar con él y decirle cosas agradables, pero estaba con la hermana de mi novio y me tocó ser lo más imparcial que pude para no ir a despertar sospechas innecesarias. Él se sintió rápidamente rechazado y no tardó en irse. Me quedé sin saber su nombre, pues nunca más lo volví a ver. En mi memoria su nombre siempre será Tunesia y en la suya yo seré Colombia.

16.9.08

diálogo de seres



- A veces presiento que el cielo podría ser tan lejano, tan infinito, si estas montañas alguna vez me permitieran saber qué puede haber más allá.... ; pero es tan duro este camino, que acaso no tenga manera de llegar a enterarme –suspiró el arriero.

- Y a veces me hundo tan profundamente sobre mi llanura, que siento cómo se va convirtiendo día a día en tu propia tumba, y en invierno, el día dura tan poco, llegas a temer que algún día podrá desaparecer la luz, por lo menos hasta que te enteras, hasta que te enteras! que es un ciclo cósmico de reglas cuantificables; pero tu sigues descendiendo en la tierra como en una gruta, que te cubre tras tu muerte, te encapsula y luego te lanza a otro mundo, uno de seres superiores que te están esperando desde antes de nacer –contestó el cura venido a menos, ahora astrólogo europeo de medio pelo, mientras veía pasar a un gaucho habilidoso bajo un clima más amable, disfrutando plenamente la llanura sobre su caballo, sin dios ni ley.

- Que te reencarna, querrás decir- replicó el nueva era.

- Ni me digan de la paciencia que hay que tenerle al mar. Porque es difícil ese monstruo de agua, a veces dócil, a veces demoniaco –dijo, mientras abría mucho los ojos y fallaba en todas las eles, el viejo pescador asiático; con el fin de distraer la posibilidad de una pelea, tan incierta como ese mar que nadie conoció mejor que él.

- Y no me olviden, que también existo- gritó desde una esquina una lesbiana emparrandada.

- Cuando estás enamorado piensas mucho y miras para el cielo, donde la conexión es con las estrellas, geografía invertida: en vez de mirar planos estáticos, se miran referencias de relatividad. Algunos encuentran narrativas en sus posiciones. Nosotros solamente nos limitamos a analizar todos sus estados y contar hasta sus más mínimas partículas constitutivas- dijo el científico igualmente imbuido por el macro que por el microcosmos.

- Ping-Pong –exclamó el gringo, alzándose de hombros y sin confundirse mucho la vida.

- Weltanschauung -profundizó el alemán.

- Miéda –se le salió al costeño.

- Y de la nada pasó una nave espacial y de su ventana sacó la cabeza rápidamente un ser extraño de color verde que les gritó desde arriba, con una botella de guaro en la mano, Salüt! –dijo, poniendo mucho énfasis en hacer un extraño acento en la última palabra, el guionista de ciencia ficción fracasado de un cómic que no sé si ya se inventaron; y sólo algunos de los presentes se divirtieron con su comentario.

- No sé a dónde van ustedes con todo esto –admitió el autor.

- Se te ha salido de las manos –exclamó su madre histérica, conocida como doña Gramática.

- Ping-Pong –volvió a decir el gringo, su hijo prófugo, demostrando que se había salido con la suya, mientras alardeaba de sus grandezas encantadoras, en el sentido más literal de la palabra.

- Y entonces la ciencia siguió avanzando –concluyó el historiador.

- Pobrecita aquella enfermera que tiene que correr tras esa loca que se cree Filosofía y que desde que se le acabó la dialéctica, ella no pudo, no ha podido recuperarse. Y qué pesar de verdad, porque tan bonita que era, no? –chismoseó la vecina fea del lado que se limitaba a repetir oraciones que oía en las noticias o comentarios por parte de de sus amigos que ella consideraba inteligentes, porque realmente ella no entendía nada.

- Voy a ir cambiar esa canción tan maluca, quién quiere otro trago? –se fue despacio el anfitrión, mientras contaba los que le iban alzando la mano.

- Esto realmente podría durar para siempre –pensó en voz alta Dilthey

- Es el eterno retorno –soltó entre dientes un nietzscheano.

- Esto no conduce a nada- dijo el otro. Y así se fue perdiendo, poco a poco, lentamente, una a una, hasta que se redujo al punto.
Fin.

5.9.08

Instrucciones de vuelo para tratar a Laura

Con la mano golpeándome la frente, no puedo evitar recriminarme lo idiota que soy. Las personas así llegan, no se buscan. Eso lo debería entender de una vez por todas, como también que si voy a suicidarme, debo cortarme las venas a lo largo, no a lo ancho. Pero no hay nada como el drama, nada como dejar que los días de tu vida pasen lentos, como desangramiento progresivo a través de una pequeña herida. Y entonces la cotidianidad puede representarse como teatro, en el que estructuras tu vida como actos, porque de otra manera no te dice nada.

Acto Primero- Infancia.
Laura: Hola mundo!
Mundo: Fuck you

Acto Segundo- Adolescencia.
Laura: Odio al mundo.
Mundo: Y yo te odio a ti.

Acto Tercero: Adultez.
Laura: Intento no odiarte, no odiarme, tan sólo déjame tranquila, no quiero que me duela más el corazón. ”.
Mundo: Silencio.

Tras un momento entra la Muerte en escena. Se lleva a Laura.

Fin.

Pd: entonces Laura por fin aprendió que el silencio no era una evasiva. El silencio era la respuesta.

2.6.08

Baño de Sangre

Estoy en una habitación, tal vez de hotel, con él. Es la primera vez, creo. No dormimos juntos. Yo pasé la noche en la cama y él en el sofá, o no sé. Esta habitación es muy grande, una suite o algo todavía mejor. No entiendo mucho de estos asuntos.

La poca luz que tiene la mañana nublada y fría no me permite saber qué hora es y lo peor es que no hay un solo reloj en toda la habitación. Tal vez en mi equipaje. Pero ni idea dónde está mi equipaje. Es más, ¿tengo equipaje? Lo único que tengo certeza de tener, es una toalla blanca de rayas amarillas, exactamente igual a la de mi casa, que cubre mi cuerpo desnudo. Es una extraña coincidencia. O quizás no lo sea. No sé.

El reflejo en el espejo me dice que el pelo no está en su mejor estado y que mi cara, lavada, está más pálida que nunca. De repente me volteo porque él está ahí. No lo sentí llegar, no lo vi venir, ni siquiera con el espejo. Pero así suele ser él: fantasmal.

Estamos frente a frente. Él se acerca cada vez más. Es terrible, no sé si quiere besarme o matarme. Realmente no lo sé. De pronto, su mano comienza a despegar lentamente; y al alcanzar vuelo, se desplaza lentamente hasta mí y comienza a aterrizar suavemente con su palma, apenas perceptible, sobre mi pezón. El mismo sentimiento que él ha puesto en su caricia, se sumerge en mí y me recorre de arriba y abajo, dejando escapar algo de su líquido por entre mis piernas.

Ahora estoy en el baño. Es blanco, grande y reluciente. De lujo. No sé como llegué aquí. No sé ni siquiera qué ha pasado. No sé si es algo que me pasa o que él me hace. ¿Cómo saberlo si no conozco el comienzo ni el final de ninguna de las situaciones de mi vida? Todo está atrapado en el sin fin, en el azar. Todo lo que me pasa es peligroso, innombrable.

Tengo que arreglarme, quiero estar bonita. Sé que él puede regresar en cualquier momento. No sé para dónde vamos, pero debo estar lista. Siempre es así, aunque no recuerde las demás veces. Me quito la toalla para entrar en la ducha, pero descubro algo. Tengo una pequeña mancha de sangre, roja y líquida, todavía viva, entre mis muslos. No es normal, no estoy en tiempos de menstruación; no sé cómo, pero lo sé. Tal vez se trate de un adelanto, o un retraso. Tal vez. Me limpio una, dos, tres veces, pero cada vez queda más sangre en el papel. Extraño. Me agacho para recoger la toalla, pues voy a ir a buscar un tampax, pero la sangre me lo impide. Comienza a salir inconteniblemente, sin darme tregua. No puedo moverme, si no quiero ensuciarlo todo. Ya comienzo a ver manchas rojas en el piso. Tengo que limpiarlas. Me siento en el inodoro, para evitar ensuciar más el baño, mientras paso abundantes cantidades de papel por el piso. Entonces siento que sale algo. Me levanto para mirar la taza. Hay grumos de sangre y pedazos de carne. Me toco y caen en mis manos. No puedo parar de parirlos. Ahora también yo estoy llena de sangre y mis intentos por limpiar lo entorpecen todo. Ensucio el piso, la taza, la papelera y también las paredes. Dios, no. Por favor, no. Él debe regresar en cualquier momento y no puedo abrir la puerta con el baño en este estado. Sin tan sólo pudiera detener la sangre para limpiar. En vez de eso, todo se va volviendo rojo. Te pido que te detengas, te lo ruego, no me hagas esto. No quiero que vea la sangre, no quiero que se de cuenta. Me avergüenza. Tiro los pedazos de carne a la taza e intento limpiar la sangre con la toalla, pero es imposible: ya está en todas partes y no sale; se agarra fuerte y deja rastros. Está viva. Viva. Acaso más que yo. No entiendo qué es lo que pasa. No sé. Necesito salir pero no puedo abrir la puerta. Tampoco hay ventanas. Estoy llena de sangre y lo he manchado todo. Mi culpa. Él puede llegar en cualquier momento y no debe verlo. No debe saberlo. Hago un último intento inútil por limpiar, o por lo menos por tapar la mancha, cuando por primera vez el fantasma anuncia su presencia. Toc, toc, toc. Y entonces lo comprendo todo. Ha venido a recoger mi cadaver.