6.8.15
Baño de Sangre (cuento 2008)
Estoy en una habitación, tal vez de hotel, con él. Es la primera vez que venimos aquí, que recuerde. No dormimos juntos. Yo pasé la noche en la cama y él en el sofá, tal vez. Esta habitación es muy grande, una suite o algo todavía mejor. No conozco bien este lado del mundo. Me siento cansada, con los ojos pesados y siento que necesito dormir un poco más.
Cuando vuelvo en mí, descubro que la poca luz que tiene la mañana nublada y fría no me permite saber qué hora es y lo peor es que no hay un solo reloj en la habitación. Ni idea dónde está mi celular. Tal vez en mi equipaje. Miro a mí alrededor, pero no veo dónde está mi equipaje. Él sigue dormido en el sofá. Sin hacer ruido, busco bien en toda la habitación, pero no logro encontrarlo. La pregunta ahora es, ¿tengo equipaje? Lo único que tengo certeza de tener es una toalla blanca de rayas amarillas, exactamente igual a la de mi casa, que cubre mi cuerpo desnudo. Es una extraña coincidencia pues en casa tengo una igual. Quizás sea la misma; o quizás no lo sea. No estoy segura.
Resignada a no encontrar ropa para vestirme, voy al baño. El reflejo en el espejo me dice que el pelo no está en su mejor estado y que mi cara, lavada, está más pálida que nunca. De repente me volteo porque él ya está ahí. No lo sentí entrar al baño, no lo vi siquiera en el espejo. Pero así suele ser él: impredecible y fantasmal.
Estamos frente a frente, él se acerca cada vez más. Es terrible, pues no sé si quiere besarme o matarme. Realmente no lo sé. Yo dejo caer la toalla al piso. De pronto, su mano comienza a despegar lentamente y al alcanzar vuelo, se desplaza lentamente hasta mí y comienza a aterrizar suavemente con su palma, apenas perceptible, sobre mi pezón. El mismo sentimiento que él ha puesto en su mano, se sumerge en mí y me recorre de arriba y abajo, dejando escapar algo de líquido por entre mis piernas. No sé si es más lo que lo quiero o lo que le temo. Por ahora gana el deseo.
Cuando vuelvo en mí, sigo en el baño. Reviso la habitación pero no hay nadie. Su ropa ya no está, pero las llaves de la habitación siguen en la mesa de noche. Me pregunto hace cuánto se habrá ido. No tengo noción de cuánto tiempo pasó. No sé ni siquiera qué ha pasado después de sus caricias. ¿Me habré quedado dormida? ¿Pero dónde? ¿Cómo? Últimamente pierdo la memoria por momentos. No descifro si es algo que me pasa o que él me hace. ¿Cómo saberlo si no puedo identificar el comienzo ni el final de ninguna de las situaciones de mi vida? Todo está atrapado en el sin fin, en el limbo, en el eterno presente. Todo lo que me pasa es innombrable, como esta ciudad en la que me encuentro.
Vuelvo en mí al ver mi imagen pálida y aún más despeinada en el espejo. Tengo que arreglarme, quiero estar bonita. Sé que él puede regresar en cualquier momento. Desconozco para dónde vamos, pero debo estar lista. Siempre es así, aunque no recuerde las demás veces. Me quito la toalla para entrar en la ducha, pero descubro algo. Tengo algo de sangre, roja y líquida, entre mis muslos. No es normal, no estoy en tiempos de regla. No sé cómo, pero lo sé. Tal vez este sea un adelanto, o un retraso. Me dispongo a limpiarme. Lo hago una, dos tres veces, pero cada vez queda más sangre en el papel. Me agacho para volver a envolverme en la toalla, pues voy a ir a buscar un tampón cuando empieza a salir un chorro de sangre. Primero pequeño, como un hilillo, luego por montones. Y no sólo sangre. ¿Qué es eso que me sale? Comienzo a parir grumos de sangre y carne. No duele pero es horrible. Dios, no. Por favor, no. Él debe regresar en cualquier momento y yo no puedo ensuciar este baño de sangre. A él no le gusta el desorden. No podré explicarlo nunca, pues lo único que tengo claro es que no es un aborto. Lo que sale viene todo de mí misma. Intento detener la hemorragia en vano. Al contrario, comienza a derramarse, y entre más limpio, más ensucio, dejando todo lo que antes era blanco, rojo. No, por favor no. Te pido que te detengas, te lo ruego, no me hagas esto. No quiero que vea la sangre, no quiero ensuciar el baño, no quiero desangrarme. Intento cubrir y esconder la sangre en el piso con la toalla, pero es imposible, ya está en todas partes … ¿Por qué me pasa esto a mí? Hago lo que puedo, cuando tocan la puerta.
Toc, toc, toc.
28.7.15
El alpha y el omega (escrito en 2014)
Cómo se conocieron mis padres siempre fue una historia que me gustó que me contaran una y otra vez. Papá regresó de Australia debido a la muerte inesperada de uno de sus hermanos. Él era el mayor de ahora sólo cinco hijos y mi abuela lo necesitaba a su lado. Fue en esos días de duelo cuando conoció a mamá y quedó perdidamente enamorado. Lo malo es que no era el único. Mamá tenía muchos pretendientes porque era una joven muy hermosa. Entre ellos estaba un holandés que le regalaba acetatos de rock and roll y revistas con ideas liberales. También había un médico, quien pretendió a una de mis tías hasta que en una visita familiar vio a mamá. Y finalmente estaban los judíos, a los que mamá nunca les paró bolas. Terminó decidiéndose por mi papá, aunque no estaba muy segura de querer casarse. Mientras lo pensaba, él tenía tiquetes comprados para hacer una gira con dos amigos por Europa. Si ella no se había decidido para cuando llegara a Roma, él tomaría desde allí el avión de regreso a Australia, donde le esperaba una vida con novia, trabajo, casa y carro. Mamá aún guarda un cerro de postales de amor provenientes de todas aquellas míticas ciudades con las que ella, al igual que yo, soñaba. En ellas mi papá le prometía que si decía que sí, él regresaría a Colombia a casarse y quedarse con ella para siempre. Mamá finalmente dijo que sí y eso fue lo que determinó mi destino.
Primero vino mi hermana, Juliana. Tres años y medio después vine yo. Me dijeron que fui un bebé muy amigable, siempre tranquilo, hasta que a la edad de dos años y medios, sin motivo alguno, se me metió el diablo y comencé a ser mala. Nadie se explica por qué. Yo no recuerdo nada de eso. Mi mamá me asegura que fui un embarazo muy deseado; que por eso no entiende por qué nunca he estado particularmente agradecida de haber venido al mundo.
Cuando me preguntaban qué quería ser cuando grande, yo sólo contestaba “grande”. La gente me explicaba que grande iba a ser de todos modos, pero que la pregunta era qué quería ser o hacer cuando eso sucediera. Pero yo no entendía esa pregunta. Eso no era lo importante. Lo importante era salir de esa estúpida condición infantil que causaba que el mundo no me tomara en serio y por eso nada fuera posible. Mientras fuera niño era imposible ser independiente y por eso era necesario crecer rápidamente. Solo que yo lo hacía muy despacio. Mi infancia duró una eternidad. Yo no quería ser nada en particular cuando fuera grande, ya que cuando fuera grande, estaba segura, sería cualquier cosa que me propusiera ser. Afortunadamente nací el día del Ángel de la Guarda, que me protege a pesar de que yo no crea en él, y crecí rodeada de oportunidades para aprender y encontrar facetas brillantes de mí misma de las que aferrarme para ser buena a pesar de que en mi mundo lo único útil para sobrevivir era ser malo.
Si contextualizamos internacionalmente mi nacimiento, podría decirse que sucedió exactamente 2 meses antes de que mataran a John Lennon. Nací con la muerte del ídolo de paz del momento, aunque desde luego a Colombia eso poco lo afectaba, pues acá muchos ni siquiera sabían quién era John Lennon, como por ejemplo mi mamá, quien creció en una familia católica y conservadora, y fue a un colegio de monjas diseñado para impedir que ella y sus compañeras se enteraran de ningún hecho libertario o revolucionario, así fuera musical. El fin de la esperanza mundial a Colombia le fue indiferente (o más bien desconocida) cuando yo tenía 2 meses de edad.
Ahora, si buscamos una interpretación esotérica acerca de esa fecha, encontramos que 1980 es el año del mono de metal, en el horóscopo chino. Leonardo DaVinci fue un mono de metal. Son los más versátiles y creativos de los monos. Los vendedores por excelencia. Son peligrosamente persuasivos, altamente sexuales, y muy ágiles en todo lo que hacen. Pero por otro lado, también son vanidosos, superficiales y amorales. Para colmo de males nací a las 4:45 pm, de manera que soy mono ascendente mono, lo que resalta estas cualidades y defectos a su máxima expresión.
En el horóscopo tradicional, por haber nacido a comienzos de octubre, soy libra. Mi día se conoce como el de la claridad verbal; es decir, soy aquella que encuentra la palabra perfecta para cada cosa: para alabar y para herir, para convencer y para mentir. Mi hora de nacimiento hace de mi ascendente piscis. Imagínense un pececillo inocente que divaga por el mar, persiguiendo todo tipo de seres llamativos y corrientes extrañas en la ciudad más peligrosa del mundo y, acto seguido, una balanza intentando equilibrarlo, orientarlo, darle pautas, y el pececillo confundido, sin saber qué hacer. Eso describe muy bien cómo se siente estar dentro de mí. Esa es la percepción que tengo de mí misma, por la manera en que pienso y mi mente todo el tiempo está controlando esa alma genuinamente curiosa que quiere perseguirlo todo, explorar cada camino. Ha sido muy difícil acompasar esos dos impulsos permanentes que me habitan y estructuran cada paso, cada decisión, tejiendo poco a poco mi destino.
7.12.11
Yo nunca había visto nieve en el mundo real
3.
La relación con Alemania empezó por el colegio. Mis papás decidieron meternos a mi hermana y a mí a un colegio trilingüe porque presentían que, para el mundo que nos iba a tocar, el inglés no iba a ser suficiente. Estaban convencidos que entre más culturas uno pudiera conocer desde pequeño, más oportunidades podría abrirse a lo largo de la vida.
Mi papá había estudiado en el primer colegio gringo que se instaló en Medellín. También fue parte del primer grupo de estudiantes paisas que realizó un intercambio escolar a los Estados Unidos. Yo lo sabía, no tanto porque él nos contara al respecto, sino por dos recortes de periódico que aún conservaba. En el primero, se le veía sonriente en el avión de ida, vistiendo traje de corbata, con tan sólo 14 años. En el otro, el periódico local de Buffalo, lo entrevistaban por ser la primera persona de Colombia que llegaba allí. No recuerdo la foto, pero sí que mi papá decía que en su tierra se comía “arepa”, a sort of a corn pancake. Yo no lo habría podido decir mejor. Lo que también había para ver, era una foto de un paisaje blanco y en él, cubierto de arriba abajo por toneladas de ropa nunca antes vista, mi papá asomando sus ojos pequeños y una gran sonrisa. Pensar en mi papá de niño, en esa ciudad remota, me hacía sentir gran curiosidad por el mundo. Yo nunca había visto la nieve en la vida real. De alguna manera, saber del mundo a través de él, hacía que este se me hiciese un lugar más familiar, más cercano y por ende mucho más probable.
Terminada la universidad, mi papá decidió irse a vivir a Australia y pasó allí cuatro años. Solía imaginarme mientras crecía, que por poco pude haber nacido en aquel remoto país. Tal vez podría haber tenido ojos verdes, hablar inglés y conocer personas totalmente diferentes. Soñaba con esa vida paralela en la que pude haber ido a otro colegio y ser feliz, porque en el mío, serlo no fue fácil.
Quería que mi segundo idioma fuera inglés, pero iba a un colegio alemán. Las clases de inglés no comenzaron hasta la quinta clase. Yo amaba el rock con todo mi ser y cantar “música americana” -como se le llamaba entonces-, sólo me dejaba una opción: intentar imitar la fonética tan cercana como posible a lo que lograba semidilucidar. De esa manera llegué a nefastas conclusiones de significado como “anillu (in need you)= anillo o star=estar. Años después, en la octava clase, ya cantaba canciones americanas fluidamente y me reía de mis inventos infantiles. A comparación del alemán, el inglés me pareció piece of cake. En parte porque mi disposición al aprenderlo fue como recibir una herencia sagrada que me pertenecía casi que genéticamente y segundo, porque gracias a los servicios de la perubólica, crecí en medio de sobredosis diarias de Disney Channel y HBO. De manera que el inglés rápidamente se convirtió en mi segundo idioma.
Mamá en cambio, sólo parecía existir desde los 16 años. Sus recuerdos de niña parecen no existir y tan sólo he encontrado un par de fotos de ella pequeña. Una preciosa, donde se ve a un bebé rubio a morir, que acaba de aprender a caminar, con crespos angelicales, en pañales, posando tímidamente entre rosales. Luego otra de su primera comunión, a los 9 años, con el pelo liso, negro, corto y mirada seria. Eso era todo. Las que seguían eran todas de ella adolescente, en fiestas con vestidos setenteros increíbles, con rostro siempre perfecto y rodeada de gente cool. Ella no había viajado nunca a ninguna parte, pero tampoco le hacía falta, ya que ella nació con sentido de mundo. Sabía un poco de inglés que había logrado aprender en los estudios profesionales que comenzó pero nunca terminó, también entendía y hablaba un poco de alemán, que aprendío a través de mi hermana y yo. También sabía decir cosas básicas en francés que sólo pudo poner en práctica en el primer viaje que hizo al exterior, cuando fuimos mi hermana y yo con ella a París, a celebrar su cumpleaños número 50.Nunca la ví tan feliz ni tan hermosa como en esos días. Siempre lamenté que ella no hubiera tenido mi vida, pues sé que la hubiera aprovechado mucho mejor.
Papá regresó de Australia debido a la muerte inesperada de uno de sus hermanos. Él era el mayor de ahora sólo cinco hijos y mi abuela lo necesitaba a su lado. Fue en esos días de duelo cuando conoció a mamá y quedó perdidamente enamorado. Lo malo es que no era el único. Mamá tenía muchos pretendientes. Entre ellos estaba un holandés que le regalaba acetatos de rock and roll y revistas con ideas liberales. También había un médico, quien pretendió a una de mis tías hasta que en una visita conoció a mamá. Y finalmente estaban los judíos, a los que mamá nunca les paró bolas.
Finalmente, ella terminó decidiéndose por mi papá, aunque no estaba muy segura de querer casarse. Mientras ella lo pensaba, él tenía tiquetes comprados para hacer una gira con dos amigos por toda Europa. Si ella no se había decidido para cuando llegara a Roma, él tomaría desde allí el avión de regreso a Australia, donde le esperaba una vida con novia, trabajo, casa y carro. Mamá aún guarda un cerro de postales de amor provenientes de todas aquellas míticas ciudades con las que ella, al igual que yo, soñaba. En ellas le prometía que si decía que sí, él regresaba a casarse y quedarse con ella para siempre.
Pero por más que hubiera aprendido close to perfect english y un decente alemán, viajara por el mundo y viviera todas las experiencias de aldea global posibles, como tomar chinchirri en una botella de vino Cavalli que dejó el mismísimo en un hostal de Punta Gallinas, Guajira, no fui australiana, mi lengua materna no fue el inglés y no tuve los ojos verdes. Papá no se había quedado allí para engendrarme, sino que de Roma, regresó a Colombia, se casó con mamá y vivieron en Colombia el resto de sus vidas. Como consecuencia, resulté siendo una mestiza promedio, más paisa que la arepa de chócolo con quesito y con un pasaporte colombiano para mostrar orgullosamente en cada requisa de aeropuerto. Sin embargo, serlo también implicó heredar la visión de mundo de mamá y las posibilidades reales de viajar de papá, por lo que nunca me consideré tercermundista, sino, más bien, ciudadana global con derecho al mundo.
4.
Tardé muchos años en perder la inocencia. Mi primera experiencia en Alemania, un intercambio colegial de un año en una escuela en las afueras de Hamburgo, fue un respiro a la agobiante cotidianidad que me ahogaba en Medellín y en su colegio alemán. Por un lado, fue toda una novedad para mí encontrarme con una clase unida en la que todos eran amigos, o por lo menos mantenían relaciones amigables. Tratándose de una escuela pública, allí iban todo tipo de personas. Basti, era hijo de un albañil, se ponía siempre la misma ropa, desayunaba todos los días con cerveza y olía pésimo. Nadine, era la hija de un cirujano importante, sacaba las mejores notas y su madre la llevaba al colegio en un increíble BMW. Desde luego, Basti y Nadine no eran los mejores amigos, pero tampoco enemigos. Si su caso se hubiera dado en mi colegio en Medellín, se hubieran tenido que odiar a muerte y hacerse la vida imposible hasta que graduarnos o hasta que alguno de los dos desistiera y se saliera del colegio. En pocas palabras, Hamburgo fue para mí, ante todo, una lección de tolerancia.
Yo no era la única extranjera de la clase. Además de mí, había dos chicos de Afganistán, una rusa, un eslovaco, un birmano, una filipina y yo. Rápidamente me hice amiga de casi toda la clase y comenzaron a invitarme a sus fiestas. Allí, descubriría un nuevo mundo y, sobre todo, otras maneras de divertirme. Yo estaba por cumplir 16 años y era virgen. Creo que en toda la clase sólo la afgana y yo lo éramos. De resto, todo el mundo tenía sexo desde los 13, fumaba cigarrillo y marihuana, y cuando decían que iban a recogerme, no lo hacían en carro, sino en bicicleta. Las conversaciones con las chicas era sobre técnicas para dar mejor sexo oral, la música que se bailaba era hip-hop, y la diversión parecía no tener fin porque no había hora límite establecida, ni papás que interrumpieran la fiesta, ni nadie que viniera a regañarnos. Podía salir y llegar a la hora que quisiera, las calles eran seguras y si algo se me perdía, seguramente al siguiente día lo recuperaba. En fin, parecía no haber peligros ni amenazas. Alemania se convirtió entonces para mí en la tierra del no juicio y del no prejuicio, en la que a los 16 se era totalmente libre y autónomo. Eso era exactamente lo que yo había estado buscando y, por ende, rápidamente aprendí a ser feliz.
Mi experiencia en Hamburgo me concedió tres deseos. El primero fue poder ser yo misma, sin temor a las consecuencias. El segundo fue conocer la nieve. Sucedió cinco meses tras mi llegada. Era octubre, hacía unas semanas había cumplido años y no estaba esperando que sucediera aún, ya que apenas comenzaba el otoño y los árboles comenzaban a volverse de colores. Yo estaba sentada en una clase aburrida que dictaba nuestro director de grupo y de la que sólo entendía la mitad, pues todavía no dominaba el idioma. Miraba por la ventana cuando comencé a ver pequeñas motas blancas que caían lentamente.
-¿Es eso nieve? -pregunté en voz alta
-Sí Laura, eso es nieve -me contestó con naturalidad el profesor y quiso proseguir con su clase.
Entonces me puse de pie y fui a abrir la ventana.
-¿Qué pasa Laura? –me preguntó el profesor ya un poco impaciente.
-Es que en mi país no hay estaciones, allá siempre es verano. Yo nunca he visto nieve en la vida real –dije con tanta emoción, que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Creo que para ellos fue tan difícil de creerlo como para mí. Entonces, mis compañeros comenzaron a ponerse de pie y a acercarse también a la ventana y a describirme con emoción cómo era la nieve y todo lo que se podía hacer con ella. En el fondo, todos seguían siendo también niños y creo que mi ingenuidad les facilitaba recordarlo cómo serlo. Entonces, el profesor propuso que todos saliéramos 10 minutos para que yo pudiera conocer la nieve. Dejé que mis palmas y pelo se llenaran de motas y luego me llevé un poco a la boca para probarla. Estuvimos en el patio hasta que el piso se cubrió de un ligero manto blanco y entonces dejó de nevar. Volvimos a la clase y para cuando esta terminó, ya la poca nieve caída, había desparecido.
No volvió a nevar hasta noviembre. Aquel fue un invierno de muñecos de nieve, guerras con bolas de nieve, tardes y noches de patinaje en el hielo y mucho frío. Me sacié de nieve hasta el cansancio y creo que mis compañeros también.
El tercer deseo que me concedió Hamburgo fue el descubrimiento del arte y de la artista que vivía en mí. En Medellín, mi relación con el arte se había resumido a las clases de obras manuales del colegio, las cuales detestaba. En ellas hacíamos costura, vaciado en yeso, pintura, dibujo arquitectónico, batik y pirograbado. Para ninguna de las anteriores demostré tener grandes habilidades. La situación se agravaba debido a mi mala relación con las profesoras. Recuerdo que una vez logré que un vaciado en yeso no se quebrara al desmoldarlo y procedí a pintarlo. Era una escena invernal, con un árbol sin hojas en medio de la estepa. Yo pinté la nieve anaranjada y a la profesora no le gustó.
-La nieve es blanca –me dijo.
-Yo nunca he visto nieve en la vida real profesora, por lo tanto no me costa que sea blanca. Hasta que no la conozca, para mí, será anaranjada –repliqué.
Ese trimestre reprobé la materia y me pasé el resto del año procurando entregar plantillas perfectas de dibujo arquitectónico para promediar la nota, de manera que no fuera a perder la nieve por la falta de comprensión artística de mi profesora. Pasé raspando y lo único que aprendí fue a odiar las obras manuales aún más.
Frau Schulz, la profesora de arte de mi colegio en Hamburgo, una señora de pelo canoso y largo, con gafas a lo John Lennon, era todo lo contrario. Con ella aprendí que no se pintan las palabras para las cosas, sino las cosas mismas. Con toda su pacencia, ella me enseñó a dibujar y a partir de entonces, copiar con mi mano lo que tenía al frente dejó de ser un imposible. Terminado el invierno, entregué un dibujo impecable en el que trabajé más de siete meses: un autoretrato de mi mano, dibujando un paisaje invernal: la prueba tácita de lo que era capaz de hacer, aunque me hubieran hecho creer toda mi vida que no tenía habilidad para hacer. En la primavera, comenzó mi nueva lección: unir mi mano y mis ojos al corazón, de manera que ya no sólo tuviera que imitar lo que veía, sino que pudiera expresar lo que sentía. Con tristeza, tuve que interrumpir este proceso, ya que a finales de mayo se acababa mi año de intercambio y debía regresar a Colombia. Despedirme de ella y de la clase de arte fue una de las experiencias más tristes. Gracias a ella comencé a interesarme cada vez más por el arte, a volverme sensible a sus expresiones y desarrollar habilidades interpretativas. Ella me inició un camino en el que, si bien no he avanzado demasiado, no ha sido posible abandonar.
Regresar a Medellín para volver a convertirme en una adolescente de 16 que debía crecer cuasi encerrada por el temor de sus padres a morir asesinada o víctima de una bomba en la calle, sin capacidad de decisión y mucho menos de movilización y sometida a asistir en un colegio privado de niños ricos, todos más insoportables que el anterior, fue una pesadilla que por fortuna tuve que soportar solo un año más. Mi inocencia se conservaba intacta gracias a mi experiencia en Hamburgo y me seguía creyendo con derecho al mundo. Terminada la clase 11, podía comenzar estudios universitarios y decidí irme nuevamente, esta vez mi destino era otra ciudad que no conocía: Bogotá.
La relación con Alemania empezó por el colegio. Mis papás decidieron meternos a mi hermana y a mí a un colegio trilingüe porque presentían que, para el mundo que nos iba a tocar, el inglés no iba a ser suficiente. Estaban convencidos que entre más culturas uno pudiera conocer desde pequeño, más oportunidades podría abrirse a lo largo de la vida.
Mi papá había estudiado en el primer colegio gringo que se instaló en Medellín. También fue parte del primer grupo de estudiantes paisas que realizó un intercambio escolar a los Estados Unidos. Yo lo sabía, no tanto porque él nos contara al respecto, sino por dos recortes de periódico que aún conservaba. En el primero, se le veía sonriente en el avión de ida, vistiendo traje de corbata, con tan sólo 14 años. En el otro, el periódico local de Buffalo, lo entrevistaban por ser la primera persona de Colombia que llegaba allí. No recuerdo la foto, pero sí que mi papá decía que en su tierra se comía “arepa”, a sort of a corn pancake. Yo no lo habría podido decir mejor. Lo que también había para ver, era una foto de un paisaje blanco y en él, cubierto de arriba abajo por toneladas de ropa nunca antes vista, mi papá asomando sus ojos pequeños y una gran sonrisa. Pensar en mi papá de niño, en esa ciudad remota, me hacía sentir gran curiosidad por el mundo. Yo nunca había visto la nieve en la vida real. De alguna manera, saber del mundo a través de él, hacía que este se me hiciese un lugar más familiar, más cercano y por ende mucho más probable.
Terminada la universidad, mi papá decidió irse a vivir a Australia y pasó allí cuatro años. Solía imaginarme mientras crecía, que por poco pude haber nacido en aquel remoto país. Tal vez podría haber tenido ojos verdes, hablar inglés y conocer personas totalmente diferentes. Soñaba con esa vida paralela en la que pude haber ido a otro colegio y ser feliz, porque en el mío, serlo no fue fácil.
Quería que mi segundo idioma fuera inglés, pero iba a un colegio alemán. Las clases de inglés no comenzaron hasta la quinta clase. Yo amaba el rock con todo mi ser y cantar “música americana” -como se le llamaba entonces-, sólo me dejaba una opción: intentar imitar la fonética tan cercana como posible a lo que lograba semidilucidar. De esa manera llegué a nefastas conclusiones de significado como “anillu (in need you)= anillo o star=estar. Años después, en la octava clase, ya cantaba canciones americanas fluidamente y me reía de mis inventos infantiles. A comparación del alemán, el inglés me pareció piece of cake. En parte porque mi disposición al aprenderlo fue como recibir una herencia sagrada que me pertenecía casi que genéticamente y segundo, porque gracias a los servicios de la perubólica, crecí en medio de sobredosis diarias de Disney Channel y HBO. De manera que el inglés rápidamente se convirtió en mi segundo idioma.
Mamá en cambio, sólo parecía existir desde los 16 años. Sus recuerdos de niña parecen no existir y tan sólo he encontrado un par de fotos de ella pequeña. Una preciosa, donde se ve a un bebé rubio a morir, que acaba de aprender a caminar, con crespos angelicales, en pañales, posando tímidamente entre rosales. Luego otra de su primera comunión, a los 9 años, con el pelo liso, negro, corto y mirada seria. Eso era todo. Las que seguían eran todas de ella adolescente, en fiestas con vestidos setenteros increíbles, con rostro siempre perfecto y rodeada de gente cool. Ella no había viajado nunca a ninguna parte, pero tampoco le hacía falta, ya que ella nació con sentido de mundo. Sabía un poco de inglés que había logrado aprender en los estudios profesionales que comenzó pero nunca terminó, también entendía y hablaba un poco de alemán, que aprendío a través de mi hermana y yo. También sabía decir cosas básicas en francés que sólo pudo poner en práctica en el primer viaje que hizo al exterior, cuando fuimos mi hermana y yo con ella a París, a celebrar su cumpleaños número 50.Nunca la ví tan feliz ni tan hermosa como en esos días. Siempre lamenté que ella no hubiera tenido mi vida, pues sé que la hubiera aprovechado mucho mejor.
Papá regresó de Australia debido a la muerte inesperada de uno de sus hermanos. Él era el mayor de ahora sólo cinco hijos y mi abuela lo necesitaba a su lado. Fue en esos días de duelo cuando conoció a mamá y quedó perdidamente enamorado. Lo malo es que no era el único. Mamá tenía muchos pretendientes. Entre ellos estaba un holandés que le regalaba acetatos de rock and roll y revistas con ideas liberales. También había un médico, quien pretendió a una de mis tías hasta que en una visita conoció a mamá. Y finalmente estaban los judíos, a los que mamá nunca les paró bolas.
Finalmente, ella terminó decidiéndose por mi papá, aunque no estaba muy segura de querer casarse. Mientras ella lo pensaba, él tenía tiquetes comprados para hacer una gira con dos amigos por toda Europa. Si ella no se había decidido para cuando llegara a Roma, él tomaría desde allí el avión de regreso a Australia, donde le esperaba una vida con novia, trabajo, casa y carro. Mamá aún guarda un cerro de postales de amor provenientes de todas aquellas míticas ciudades con las que ella, al igual que yo, soñaba. En ellas le prometía que si decía que sí, él regresaba a casarse y quedarse con ella para siempre.
Pero por más que hubiera aprendido close to perfect english y un decente alemán, viajara por el mundo y viviera todas las experiencias de aldea global posibles, como tomar chinchirri en una botella de vino Cavalli que dejó el mismísimo en un hostal de Punta Gallinas, Guajira, no fui australiana, mi lengua materna no fue el inglés y no tuve los ojos verdes. Papá no se había quedado allí para engendrarme, sino que de Roma, regresó a Colombia, se casó con mamá y vivieron en Colombia el resto de sus vidas. Como consecuencia, resulté siendo una mestiza promedio, más paisa que la arepa de chócolo con quesito y con un pasaporte colombiano para mostrar orgullosamente en cada requisa de aeropuerto. Sin embargo, serlo también implicó heredar la visión de mundo de mamá y las posibilidades reales de viajar de papá, por lo que nunca me consideré tercermundista, sino, más bien, ciudadana global con derecho al mundo.
4.
Tardé muchos años en perder la inocencia. Mi primera experiencia en Alemania, un intercambio colegial de un año en una escuela en las afueras de Hamburgo, fue un respiro a la agobiante cotidianidad que me ahogaba en Medellín y en su colegio alemán. Por un lado, fue toda una novedad para mí encontrarme con una clase unida en la que todos eran amigos, o por lo menos mantenían relaciones amigables. Tratándose de una escuela pública, allí iban todo tipo de personas. Basti, era hijo de un albañil, se ponía siempre la misma ropa, desayunaba todos los días con cerveza y olía pésimo. Nadine, era la hija de un cirujano importante, sacaba las mejores notas y su madre la llevaba al colegio en un increíble BMW. Desde luego, Basti y Nadine no eran los mejores amigos, pero tampoco enemigos. Si su caso se hubiera dado en mi colegio en Medellín, se hubieran tenido que odiar a muerte y hacerse la vida imposible hasta que graduarnos o hasta que alguno de los dos desistiera y se saliera del colegio. En pocas palabras, Hamburgo fue para mí, ante todo, una lección de tolerancia.
Yo no era la única extranjera de la clase. Además de mí, había dos chicos de Afganistán, una rusa, un eslovaco, un birmano, una filipina y yo. Rápidamente me hice amiga de casi toda la clase y comenzaron a invitarme a sus fiestas. Allí, descubriría un nuevo mundo y, sobre todo, otras maneras de divertirme. Yo estaba por cumplir 16 años y era virgen. Creo que en toda la clase sólo la afgana y yo lo éramos. De resto, todo el mundo tenía sexo desde los 13, fumaba cigarrillo y marihuana, y cuando decían que iban a recogerme, no lo hacían en carro, sino en bicicleta. Las conversaciones con las chicas era sobre técnicas para dar mejor sexo oral, la música que se bailaba era hip-hop, y la diversión parecía no tener fin porque no había hora límite establecida, ni papás que interrumpieran la fiesta, ni nadie que viniera a regañarnos. Podía salir y llegar a la hora que quisiera, las calles eran seguras y si algo se me perdía, seguramente al siguiente día lo recuperaba. En fin, parecía no haber peligros ni amenazas. Alemania se convirtió entonces para mí en la tierra del no juicio y del no prejuicio, en la que a los 16 se era totalmente libre y autónomo. Eso era exactamente lo que yo había estado buscando y, por ende, rápidamente aprendí a ser feliz.
Mi experiencia en Hamburgo me concedió tres deseos. El primero fue poder ser yo misma, sin temor a las consecuencias. El segundo fue conocer la nieve. Sucedió cinco meses tras mi llegada. Era octubre, hacía unas semanas había cumplido años y no estaba esperando que sucediera aún, ya que apenas comenzaba el otoño y los árboles comenzaban a volverse de colores. Yo estaba sentada en una clase aburrida que dictaba nuestro director de grupo y de la que sólo entendía la mitad, pues todavía no dominaba el idioma. Miraba por la ventana cuando comencé a ver pequeñas motas blancas que caían lentamente.
-¿Es eso nieve? -pregunté en voz alta
-Sí Laura, eso es nieve -me contestó con naturalidad el profesor y quiso proseguir con su clase.
Entonces me puse de pie y fui a abrir la ventana.
-¿Qué pasa Laura? –me preguntó el profesor ya un poco impaciente.
-Es que en mi país no hay estaciones, allá siempre es verano. Yo nunca he visto nieve en la vida real –dije con tanta emoción, que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Creo que para ellos fue tan difícil de creerlo como para mí. Entonces, mis compañeros comenzaron a ponerse de pie y a acercarse también a la ventana y a describirme con emoción cómo era la nieve y todo lo que se podía hacer con ella. En el fondo, todos seguían siendo también niños y creo que mi ingenuidad les facilitaba recordarlo cómo serlo. Entonces, el profesor propuso que todos saliéramos 10 minutos para que yo pudiera conocer la nieve. Dejé que mis palmas y pelo se llenaran de motas y luego me llevé un poco a la boca para probarla. Estuvimos en el patio hasta que el piso se cubrió de un ligero manto blanco y entonces dejó de nevar. Volvimos a la clase y para cuando esta terminó, ya la poca nieve caída, había desparecido.
No volvió a nevar hasta noviembre. Aquel fue un invierno de muñecos de nieve, guerras con bolas de nieve, tardes y noches de patinaje en el hielo y mucho frío. Me sacié de nieve hasta el cansancio y creo que mis compañeros también.
El tercer deseo que me concedió Hamburgo fue el descubrimiento del arte y de la artista que vivía en mí. En Medellín, mi relación con el arte se había resumido a las clases de obras manuales del colegio, las cuales detestaba. En ellas hacíamos costura, vaciado en yeso, pintura, dibujo arquitectónico, batik y pirograbado. Para ninguna de las anteriores demostré tener grandes habilidades. La situación se agravaba debido a mi mala relación con las profesoras. Recuerdo que una vez logré que un vaciado en yeso no se quebrara al desmoldarlo y procedí a pintarlo. Era una escena invernal, con un árbol sin hojas en medio de la estepa. Yo pinté la nieve anaranjada y a la profesora no le gustó.
-La nieve es blanca –me dijo.
-Yo nunca he visto nieve en la vida real profesora, por lo tanto no me costa que sea blanca. Hasta que no la conozca, para mí, será anaranjada –repliqué.
Ese trimestre reprobé la materia y me pasé el resto del año procurando entregar plantillas perfectas de dibujo arquitectónico para promediar la nota, de manera que no fuera a perder la nieve por la falta de comprensión artística de mi profesora. Pasé raspando y lo único que aprendí fue a odiar las obras manuales aún más.
Frau Schulz, la profesora de arte de mi colegio en Hamburgo, una señora de pelo canoso y largo, con gafas a lo John Lennon, era todo lo contrario. Con ella aprendí que no se pintan las palabras para las cosas, sino las cosas mismas. Con toda su pacencia, ella me enseñó a dibujar y a partir de entonces, copiar con mi mano lo que tenía al frente dejó de ser un imposible. Terminado el invierno, entregué un dibujo impecable en el que trabajé más de siete meses: un autoretrato de mi mano, dibujando un paisaje invernal: la prueba tácita de lo que era capaz de hacer, aunque me hubieran hecho creer toda mi vida que no tenía habilidad para hacer. En la primavera, comenzó mi nueva lección: unir mi mano y mis ojos al corazón, de manera que ya no sólo tuviera que imitar lo que veía, sino que pudiera expresar lo que sentía. Con tristeza, tuve que interrumpir este proceso, ya que a finales de mayo se acababa mi año de intercambio y debía regresar a Colombia. Despedirme de ella y de la clase de arte fue una de las experiencias más tristes. Gracias a ella comencé a interesarme cada vez más por el arte, a volverme sensible a sus expresiones y desarrollar habilidades interpretativas. Ella me inició un camino en el que, si bien no he avanzado demasiado, no ha sido posible abandonar.
Regresar a Medellín para volver a convertirme en una adolescente de 16 que debía crecer cuasi encerrada por el temor de sus padres a morir asesinada o víctima de una bomba en la calle, sin capacidad de decisión y mucho menos de movilización y sometida a asistir en un colegio privado de niños ricos, todos más insoportables que el anterior, fue una pesadilla que por fortuna tuve que soportar solo un año más. Mi inocencia se conservaba intacta gracias a mi experiencia en Hamburgo y me seguía creyendo con derecho al mundo. Terminada la clase 11, podía comenzar estudios universitarios y decidí irme nuevamente, esta vez mi destino era otra ciudad que no conocía: Bogotá.
14.9.11
El largo camino hacia el descubrimiento de la sabiduría
1.
Se dice comúnmente que “ya es ya”, pero en realidad entre ambos hay tanto espacio y tiempo como para imposibilitar que se trate del mismo presente. Al parecer, la diferencia se reduce a una cuestión de variables, como si a cada punto del plano cartesiano correspondiera una identidad propia; y como si cada uno de nosotros fuese uno de esos puntos, recorriendo dimensiones caóticamente, en busca de su propia felicidad, pero extrañamente desarrollando relaciones animales, que llamamos sociales, con muchísimas reglas. La vida siempre me pareció un cuento jarto de comprender.
Regresé a Munich tras cinco años. Lo hice con la intención de reencontrarme con viejos amigos de la universidad; pero, sobre todo, con el anhelo de volver a ver las pinacotecas, visitar mis librerías y anticuarios favoritos, cruzar jardines y puentes en bicicleta y asombrarme nuevamente de lo verde del Isar. Regresé, en fin, para buscar la artista que floreció en mí en Europa y que, de vuelta a su tierra natal, enmudeció al enfrentarse a lo que todos denominaron “el mundo real”. El mundo real era el mundo del trabajo, del billete, de la independencia.
El mundo real apelaba a aquella versión de mí que menos me gusta, pero que más hace. Durante casi un año me debatí entre resistir y luchar por una vida construida desde y por el arte, pero la batalla la ganó la urgencia de verme siendo parte funcional de la sociedad. Tomé entonces un primer puesto, un segundo y un tercero, con la intención de hacer dinero en vez de pedírselo a mi papá.
Me fui a vivir sola, compré un carro, una TV. gigante y hasta acciones en la bolsa. Pasaron cinco años y cuando me di cuenta, tenía todo menos tiempo para disfrutar mi vida, por lo que nada tenía sentido. Había fallado en convertirme en la persona que había soñado. Intenté hacer entonces algunos cambios. Vendí el carro, subí seis kilos y me fui a vivir al campo. Sin embargo, no renuncié a mi trabajo. Sentía que, aunque lo hiciera, el tiempo libre que me llegaría, ya no podría ser transformado en arte pues algo en mí se había secado. Entonces, aquella pragmática de la que tanto me quejo, trabajó duro y reunió el dinero para conseguirme un tiquete aéreo de vacaciones a Alemania, con el fin de que allí pudiera buscar a la otra; la callada, artística, sensible, idealista y ya casi olvidada.
Era impensable viajar a Alemania sin visitar a mi hermana, quien vivía en Dusseldorf. Desde luego, entre todos los planes de amigos y museos, verla era la parte que menos me entusiasmaba, ya que nos visitábamos con regularidad. Aún así, encontrarnos era la oportunidad para hacer las cosas que más nos gustan, o sea, básicamente, comer, ir de shopping, visitar uno que otro sitio de interés turístico y, desde luego, hacer paseos en barco. En fin, estaba convencida de que la pasaríamos muy bien.
El itinerario era el siguiente: volaba el viernes 8 de julio, llegaba el sábado 9 a medio día a Dusseldorf. Mi hermana y su marido me recogerían en el aeropuerto, para salir en carro derecho a La Haya, donde pasaríamos el fin de semana. A partir del lunes, mi hermana y yo recorreríamos Düsseldorf y sus alrededores. El viernes, saldríamos nuevamente los tres hacia Munich, aprovechando que Toni, el marido de mi hermana, no la conocía y que podríamos quedarnos todos donde la tía Poto, quien vivía allí desde joven.
El domingo, cuando ellos regresaran a Dusseldorf, yo me mudaría a la casa de Sarah, punto de encuentro con las otras dos amigas que venían desde Perú e Inglaterra para, juntas las 4, con el novio de Sarah, viajar el viernes siguiente al sur del Tirol, en Italia, al matrimonio de Gudi, la que había sido mi gran amiga de Munich, entre muchas otras grandes amigas. Pero es que Gudi, se me había robado el corazón con su inocente locura, sus ojos pistacho pastel y su dulce autenticidad. Gudi, como si fuera poco, se casaba con Vinicius, un brasilero precioso en todos los sentidos. Alguien perfecto para ella.
Al día siguiente, pasado un poco el guayabo, regresaríamos a Munich y dormiría allí una última noche, para volar el día siguiente a casa. En total pasaría 18 días de vacaciones en 3 países europeos. Y eso que estoy dejando Italia afuera, ya que la experiencia de ir a Südtirol es en realidad austriaca, sólo que con un poco más de parmesano.
Recuperar 5 años en menos de tres semanas no era posible, eso lo sabía. Por lo mismo, tampoco lo estaba esperando. Debía definir prioridades y finalmente quedé con dos: ir tras el arte y estrechar los lazos con mis viejas amigas a las que, entre otras, les debía hacia mucho esta visita, ya que ellas ya habían ido hasta a Colombia a visitarme. Gudi vino unos meses después de yo haber regresado a Colombia. Nos quedamos unos días en mi casa en Medellín, haciendo paseos a pueblos en Antioquia los fines de semana; y luego nos nos fuimos una semana a Cartagena para celebrar mi 26avo cumpleaños. Ese día fue increíble. Llegamos un lunes a las 7:30 de la mañana y a las 12, antes del almuerzo, ya estábamos totalmente rascadas en la piscina. Almorzamos, descansamos en el sol, y a eso de las 5 empezamos con el cocoloco. A media noche estábamos metidas en el mar, ahogándonos de la risa, con las olas y las algas. Como a la hora nos fuimos al hotel y nos metimos una ducha de 2 horas non stop en agua híper caliente para sacarle las algas a los vestidos, que habían quedado vueltos unos popós.
Sarah me había visitado hacíia dos años. Había venido dos semanas con Anke, una amiga de ella que yo no conocía y a quien se la monté todo el tiempo con el dicho "Danke Anke". No habíamos logrado aprovecharnos tanto porque entonces yo tenía que trabajar de 8 a 6. Aún así había sido una experiencia muy bonita. Me hacía mucha ilusión saber que a pesar del tiempo y la distancia, ella y Gudi seguían siendo dos grandes amigas.
Pocos días antes del viaje sucedieron tres hechos inesperados que afectaron el plan original. El primero fue que Sarah terminó con su novio tras descubrir que se escribía mails comprometedores con otra. Esto implicaba, por un lado, que ahora no teníamos carro para viajar al Tirol; pero por otro, que tampoco tendríamos a un hombre, desconocido (por lo menos para mí) interfiriendo en nuestro feliz reencuentro de sólo mujeres. Nosotras que nos queremos tanto. Desayunábamos a eso de las 9 de la mañana y nos cogía la media noche hablando en la misma mesa, a veces hasta sin bañarnos. Así de cercanas nos sentíamos, casi casi como hermanas.
El segundo hecho fue que Gudi me escribió pidiéndome que viajara con ella desde el martes (y no desde el viernes, como yo tenía planeado) al Tirol, para ayudarle con todos los preparativos de la Boda. Aunque me gustaba mucho la idea de pasar tiempo a solas con ella, esto implicaba reducir a tres días mi tan anhelada estadía en Munich, lo que no me dejaría suficiente tiempo para visitar todos aquellos lugares que me moría por ver otra vez, en busca del tiempo recuperado.
Finalmente, el tercer hecho fue que cuando le conté a mi hermana cuáles eran mis planes en Munich, me explicó que ya Toni había pedido el lunes libre en el trabajo y que le parecía muy mal que yo no pasara con ellos la noche del domingo y la mañana del lunes, por irme donde las amigas que igual iba a ver días después. Ni hablar.
De esta manera, me encontraba en una encrucijada: iba a gastarme una pequeña fortuna en mis vacaciones con el fin de pasar una corta temporada en Munich que me permitiera reencontrar mi yo artista; y ahora resultaba que de mis 18 días, sólo 3 iba a destinarlos a ese fin. Las cosas no estaban saliendo como las había planeado. Fue entonces cuando tomé dos decisiones:
a. pasara lo que pasara durante mi viaje, me relajaría y lo disfrutaría.
b. sin embargo, lucharía por satisfacer mis intereses, gustárele a quien le gustara.
Mientras tanto, mi novio estaba totalmente inconforme con mis vacaciones sin él, comportándose como un niño rabioso, lo que no hacía mi partida más fácil. Sólo mis papás parecían comprenderme, aunque me daban consejos para que al expresar lo que yo realmente quería, procurara no herir los sentimientos de los demás. Y aunque la prudencia no es lo mío, eso empecé a hacer, o por lo menos, a intentar hacer.
2.
Pude terminar Indignation tan sólo en la escala en París. Exactamente un año antes lo había comprado en una pequeña librería de un canadiense en St. Michel. Este tipo de compras obedecen a un hábito adquirido en viajes, de comprar libros en su idioma original, ya que no se consiguen fácilmente en mi país. Aquella vez en St. Michel no busqué un libro determinado, sino que elegí al azar. Cualquier libro del tal Philip Roth, del que todos hablaban y yo por exceso de literatura japonesa no había podido ni abrir. Y de paso, me llevé dos más: Youth, de Coetzee, con el que ya iba por su quinto libro, porque también me obsesiona y, The Great Gatsby, que me había jurado no tocar hasta que no pudiera conseguirlo en inglés.
No fue fácil que llegara el momento para abrir Indignation, ya que mi vecino en el avión no se aguantó las ganas de contarme su vida en un par de horas, comportamiento clásico colombiano que casi sin excepción se lleva a cabo cuando uno de los viajeros de cualquier medio de transporte aéreo, terrestre o marítimo, supera los 45 años.
Logré avanzar poco en la lectura, ya que la conversación inevitablemente se reanuda cada vez que mi compañero de la ventana necesita entrar o salir. En este caso, me tocó un militar, casado, con dos hijas, radicado en Bogotá pero habiendo combatido su juventud en las selvas colombianas (y con muchas anécdotas al respecto), a punto de ser ascendido a coronel, rumbo a una capacitación en tácticas bélicas en la China. Desde luego, y con la intención de honrar a mis todos-sin-excepción ancestros paisas, yo también le conté mi vida a él con una pequeña dosis neomarxista, cuya aplicación considero siempre necesaria cuando me cruzo con un miembro de la fuerza pública nacional por más de media hora. Yo soy típica paisa pero de la corriente de José María Córdova, Fernando González y Porfirio Barba Jacob.
Había elegido ingresar a Europa por París, ya que en España, a los colombianos, nos tratan aún peor que a la categoría de “escoria” que de por sí tenemos en cualquier otro aeropuerto del mundo. Sin embargo, París en verano es París en verano; y los guardias se ven obligados a movilizar miles y miles de turistas de todos los países del mundo a gran velocidad, por lo que no hay tiempo de detenerse a joder la vida a cualquier colombiana con carita de inocente y pasaporte lleno de visas Schengen que cruce inmigración.
Indignation me dejó una incómoda sensación. A pesar de habérmelo consumido, pues la narración de Philip Roth tiene un ritmo vertiginoso, me quedaba la duda de la verosimilitud. ¿Cómo una causa tan pequeña, podía derivar en consecuencias tan lamentables? ¿De dónde salían esos personajes? ¿Acaso algunos no eran un tanto rebuscados, como la chica suicida? No sabía… no estaba segura. Aun así, la lectura evocó memorias de la época en que terminé el colegio y, como en el libro, dejé todo lo que me era familiar atrás para ir en busca de lo desconocido. Ahora, cinco años después, regresaba a "recoger los pasos" y pensar en mi época de primípara no me parecía tan lejana. Tal vez el hecho de encontrarme otra vez en París, me hacía sentir que ya recuperaba un poco de esa parte de mi vida. Algo en la mezcla de todos esos sentimientos de fatiga, ansiedad, melancolía y felicidad, logró hacer fluir los recuerdos en mi cerebro y poco a poco comenzaron a volver los nombres y las imágenes que en mi cama de Medellín buscaba sin poder dar con ellos. De repente, París me abría nuevamente la puerta para entrar en Europa a través de esa yo que la conocía, que sabía cómo vivirla, que automáticamente asumía el mando, despojando a la turista novata que había salido horas antes de Ríonegro. Cada vez más, todo me volvía a resultar tan familiar e iba consolidando el sentimiento de "nunca haberme ido".
Europa para mí era sinónimo de libertad. Cuando llegué allí, sentí que comenzó realmente mi vida. El tiempo anterior podía resumirse a 14 años de cárcel en el colegio y aventurillas locas de niña y adolescente sin trascendencia. No obstante, pasados 4 años de universidad, tras terminar mi tesis de grado y pasar todos los exámenes finales, la situación era opuesta. Alemania era una cárcel de frío, Europa un gran parque temático donde todo estaba hecho y las opciones de vida era seguir caminos trazados por otros antes para lograr objetivos ya plenamente conocidos, mal llamados: resultados. Colombia en cambio aún tenía ese aura de misterio de tercer mundo, de exótica extravagancia, de animalidad y pasión. Y yo respondía al llamado de la selva con una nostalgia incontenible hacia mi ciudad, mi familia y aquel mundo que abandoné por subestimar su simpleza y no entender que todo allí se trataba de la celebración visceral de la vida.
Ni siquiera esperé la ceremonia de graduación. Hice que me mandaran, dos meses después, el título por correo y tomé el primer vuelo que pude pasada la fecha de la publicación de mis notas finales. Los dos meses de espera por el diploma en Munich hubieran significado una única y despreciable cosa: nieve. Nieve blanca recién caída hasta la rodilla, hielo congelado al rededor de las agarraderas de mi bici, nieve derretida y mezclada con el pantano de las calles. En cualquiera de sus formas, no me gustaba la nieve. En mi ciudad de la eterna primavera, en cambio, me esperaba una suave brisa tropical. Y cuando por fin regresé, fue para encontrarme con que todo lo que más anhelaba estaba en aquello que creía que era lo que menos importaba.
Se dice comúnmente que “ya es ya”, pero en realidad entre ambos hay tanto espacio y tiempo como para imposibilitar que se trate del mismo presente. Al parecer, la diferencia se reduce a una cuestión de variables, como si a cada punto del plano cartesiano correspondiera una identidad propia; y como si cada uno de nosotros fuese uno de esos puntos, recorriendo dimensiones caóticamente, en busca de su propia felicidad, pero extrañamente desarrollando relaciones animales, que llamamos sociales, con muchísimas reglas. La vida siempre me pareció un cuento jarto de comprender.
Regresé a Munich tras cinco años. Lo hice con la intención de reencontrarme con viejos amigos de la universidad; pero, sobre todo, con el anhelo de volver a ver las pinacotecas, visitar mis librerías y anticuarios favoritos, cruzar jardines y puentes en bicicleta y asombrarme nuevamente de lo verde del Isar. Regresé, en fin, para buscar la artista que floreció en mí en Europa y que, de vuelta a su tierra natal, enmudeció al enfrentarse a lo que todos denominaron “el mundo real”. El mundo real era el mundo del trabajo, del billete, de la independencia.
El mundo real apelaba a aquella versión de mí que menos me gusta, pero que más hace. Durante casi un año me debatí entre resistir y luchar por una vida construida desde y por el arte, pero la batalla la ganó la urgencia de verme siendo parte funcional de la sociedad. Tomé entonces un primer puesto, un segundo y un tercero, con la intención de hacer dinero en vez de pedírselo a mi papá.
Me fui a vivir sola, compré un carro, una TV. gigante y hasta acciones en la bolsa. Pasaron cinco años y cuando me di cuenta, tenía todo menos tiempo para disfrutar mi vida, por lo que nada tenía sentido. Había fallado en convertirme en la persona que había soñado. Intenté hacer entonces algunos cambios. Vendí el carro, subí seis kilos y me fui a vivir al campo. Sin embargo, no renuncié a mi trabajo. Sentía que, aunque lo hiciera, el tiempo libre que me llegaría, ya no podría ser transformado en arte pues algo en mí se había secado. Entonces, aquella pragmática de la que tanto me quejo, trabajó duro y reunió el dinero para conseguirme un tiquete aéreo de vacaciones a Alemania, con el fin de que allí pudiera buscar a la otra; la callada, artística, sensible, idealista y ya casi olvidada.
Era impensable viajar a Alemania sin visitar a mi hermana, quien vivía en Dusseldorf. Desde luego, entre todos los planes de amigos y museos, verla era la parte que menos me entusiasmaba, ya que nos visitábamos con regularidad. Aún así, encontrarnos era la oportunidad para hacer las cosas que más nos gustan, o sea, básicamente, comer, ir de shopping, visitar uno que otro sitio de interés turístico y, desde luego, hacer paseos en barco. En fin, estaba convencida de que la pasaríamos muy bien.
El itinerario era el siguiente: volaba el viernes 8 de julio, llegaba el sábado 9 a medio día a Dusseldorf. Mi hermana y su marido me recogerían en el aeropuerto, para salir en carro derecho a La Haya, donde pasaríamos el fin de semana. A partir del lunes, mi hermana y yo recorreríamos Düsseldorf y sus alrededores. El viernes, saldríamos nuevamente los tres hacia Munich, aprovechando que Toni, el marido de mi hermana, no la conocía y que podríamos quedarnos todos donde la tía Poto, quien vivía allí desde joven.
El domingo, cuando ellos regresaran a Dusseldorf, yo me mudaría a la casa de Sarah, punto de encuentro con las otras dos amigas que venían desde Perú e Inglaterra para, juntas las 4, con el novio de Sarah, viajar el viernes siguiente al sur del Tirol, en Italia, al matrimonio de Gudi, la que había sido mi gran amiga de Munich, entre muchas otras grandes amigas. Pero es que Gudi, se me había robado el corazón con su inocente locura, sus ojos pistacho pastel y su dulce autenticidad. Gudi, como si fuera poco, se casaba con Vinicius, un brasilero precioso en todos los sentidos. Alguien perfecto para ella.
Al día siguiente, pasado un poco el guayabo, regresaríamos a Munich y dormiría allí una última noche, para volar el día siguiente a casa. En total pasaría 18 días de vacaciones en 3 países europeos. Y eso que estoy dejando Italia afuera, ya que la experiencia de ir a Südtirol es en realidad austriaca, sólo que con un poco más de parmesano.
Recuperar 5 años en menos de tres semanas no era posible, eso lo sabía. Por lo mismo, tampoco lo estaba esperando. Debía definir prioridades y finalmente quedé con dos: ir tras el arte y estrechar los lazos con mis viejas amigas a las que, entre otras, les debía hacia mucho esta visita, ya que ellas ya habían ido hasta a Colombia a visitarme. Gudi vino unos meses después de yo haber regresado a Colombia. Nos quedamos unos días en mi casa en Medellín, haciendo paseos a pueblos en Antioquia los fines de semana; y luego nos nos fuimos una semana a Cartagena para celebrar mi 26avo cumpleaños. Ese día fue increíble. Llegamos un lunes a las 7:30 de la mañana y a las 12, antes del almuerzo, ya estábamos totalmente rascadas en la piscina. Almorzamos, descansamos en el sol, y a eso de las 5 empezamos con el cocoloco. A media noche estábamos metidas en el mar, ahogándonos de la risa, con las olas y las algas. Como a la hora nos fuimos al hotel y nos metimos una ducha de 2 horas non stop en agua híper caliente para sacarle las algas a los vestidos, que habían quedado vueltos unos popós.
Sarah me había visitado hacíia dos años. Había venido dos semanas con Anke, una amiga de ella que yo no conocía y a quien se la monté todo el tiempo con el dicho "Danke Anke". No habíamos logrado aprovecharnos tanto porque entonces yo tenía que trabajar de 8 a 6. Aún así había sido una experiencia muy bonita. Me hacía mucha ilusión saber que a pesar del tiempo y la distancia, ella y Gudi seguían siendo dos grandes amigas.
Pocos días antes del viaje sucedieron tres hechos inesperados que afectaron el plan original. El primero fue que Sarah terminó con su novio tras descubrir que se escribía mails comprometedores con otra. Esto implicaba, por un lado, que ahora no teníamos carro para viajar al Tirol; pero por otro, que tampoco tendríamos a un hombre, desconocido (por lo menos para mí) interfiriendo en nuestro feliz reencuentro de sólo mujeres. Nosotras que nos queremos tanto. Desayunábamos a eso de las 9 de la mañana y nos cogía la media noche hablando en la misma mesa, a veces hasta sin bañarnos. Así de cercanas nos sentíamos, casi casi como hermanas.
El segundo hecho fue que Gudi me escribió pidiéndome que viajara con ella desde el martes (y no desde el viernes, como yo tenía planeado) al Tirol, para ayudarle con todos los preparativos de la Boda. Aunque me gustaba mucho la idea de pasar tiempo a solas con ella, esto implicaba reducir a tres días mi tan anhelada estadía en Munich, lo que no me dejaría suficiente tiempo para visitar todos aquellos lugares que me moría por ver otra vez, en busca del tiempo recuperado.
Finalmente, el tercer hecho fue que cuando le conté a mi hermana cuáles eran mis planes en Munich, me explicó que ya Toni había pedido el lunes libre en el trabajo y que le parecía muy mal que yo no pasara con ellos la noche del domingo y la mañana del lunes, por irme donde las amigas que igual iba a ver días después. Ni hablar.
De esta manera, me encontraba en una encrucijada: iba a gastarme una pequeña fortuna en mis vacaciones con el fin de pasar una corta temporada en Munich que me permitiera reencontrar mi yo artista; y ahora resultaba que de mis 18 días, sólo 3 iba a destinarlos a ese fin. Las cosas no estaban saliendo como las había planeado. Fue entonces cuando tomé dos decisiones:
a. pasara lo que pasara durante mi viaje, me relajaría y lo disfrutaría.
b. sin embargo, lucharía por satisfacer mis intereses, gustárele a quien le gustara.
Mientras tanto, mi novio estaba totalmente inconforme con mis vacaciones sin él, comportándose como un niño rabioso, lo que no hacía mi partida más fácil. Sólo mis papás parecían comprenderme, aunque me daban consejos para que al expresar lo que yo realmente quería, procurara no herir los sentimientos de los demás. Y aunque la prudencia no es lo mío, eso empecé a hacer, o por lo menos, a intentar hacer.
2.
Pude terminar Indignation tan sólo en la escala en París. Exactamente un año antes lo había comprado en una pequeña librería de un canadiense en St. Michel. Este tipo de compras obedecen a un hábito adquirido en viajes, de comprar libros en su idioma original, ya que no se consiguen fácilmente en mi país. Aquella vez en St. Michel no busqué un libro determinado, sino que elegí al azar. Cualquier libro del tal Philip Roth, del que todos hablaban y yo por exceso de literatura japonesa no había podido ni abrir. Y de paso, me llevé dos más: Youth, de Coetzee, con el que ya iba por su quinto libro, porque también me obsesiona y, The Great Gatsby, que me había jurado no tocar hasta que no pudiera conseguirlo en inglés.
No fue fácil que llegara el momento para abrir Indignation, ya que mi vecino en el avión no se aguantó las ganas de contarme su vida en un par de horas, comportamiento clásico colombiano que casi sin excepción se lleva a cabo cuando uno de los viajeros de cualquier medio de transporte aéreo, terrestre o marítimo, supera los 45 años.
Logré avanzar poco en la lectura, ya que la conversación inevitablemente se reanuda cada vez que mi compañero de la ventana necesita entrar o salir. En este caso, me tocó un militar, casado, con dos hijas, radicado en Bogotá pero habiendo combatido su juventud en las selvas colombianas (y con muchas anécdotas al respecto), a punto de ser ascendido a coronel, rumbo a una capacitación en tácticas bélicas en la China. Desde luego, y con la intención de honrar a mis todos-sin-excepción ancestros paisas, yo también le conté mi vida a él con una pequeña dosis neomarxista, cuya aplicación considero siempre necesaria cuando me cruzo con un miembro de la fuerza pública nacional por más de media hora. Yo soy típica paisa pero de la corriente de José María Córdova, Fernando González y Porfirio Barba Jacob.
Había elegido ingresar a Europa por París, ya que en España, a los colombianos, nos tratan aún peor que a la categoría de “escoria” que de por sí tenemos en cualquier otro aeropuerto del mundo. Sin embargo, París en verano es París en verano; y los guardias se ven obligados a movilizar miles y miles de turistas de todos los países del mundo a gran velocidad, por lo que no hay tiempo de detenerse a joder la vida a cualquier colombiana con carita de inocente y pasaporte lleno de visas Schengen que cruce inmigración.
Indignation me dejó una incómoda sensación. A pesar de habérmelo consumido, pues la narración de Philip Roth tiene un ritmo vertiginoso, me quedaba la duda de la verosimilitud. ¿Cómo una causa tan pequeña, podía derivar en consecuencias tan lamentables? ¿De dónde salían esos personajes? ¿Acaso algunos no eran un tanto rebuscados, como la chica suicida? No sabía… no estaba segura. Aun así, la lectura evocó memorias de la época en que terminé el colegio y, como en el libro, dejé todo lo que me era familiar atrás para ir en busca de lo desconocido. Ahora, cinco años después, regresaba a "recoger los pasos" y pensar en mi época de primípara no me parecía tan lejana. Tal vez el hecho de encontrarme otra vez en París, me hacía sentir que ya recuperaba un poco de esa parte de mi vida. Algo en la mezcla de todos esos sentimientos de fatiga, ansiedad, melancolía y felicidad, logró hacer fluir los recuerdos en mi cerebro y poco a poco comenzaron a volver los nombres y las imágenes que en mi cama de Medellín buscaba sin poder dar con ellos. De repente, París me abría nuevamente la puerta para entrar en Europa a través de esa yo que la conocía, que sabía cómo vivirla, que automáticamente asumía el mando, despojando a la turista novata que había salido horas antes de Ríonegro. Cada vez más, todo me volvía a resultar tan familiar e iba consolidando el sentimiento de "nunca haberme ido".
Europa para mí era sinónimo de libertad. Cuando llegué allí, sentí que comenzó realmente mi vida. El tiempo anterior podía resumirse a 14 años de cárcel en el colegio y aventurillas locas de niña y adolescente sin trascendencia. No obstante, pasados 4 años de universidad, tras terminar mi tesis de grado y pasar todos los exámenes finales, la situación era opuesta. Alemania era una cárcel de frío, Europa un gran parque temático donde todo estaba hecho y las opciones de vida era seguir caminos trazados por otros antes para lograr objetivos ya plenamente conocidos, mal llamados: resultados. Colombia en cambio aún tenía ese aura de misterio de tercer mundo, de exótica extravagancia, de animalidad y pasión. Y yo respondía al llamado de la selva con una nostalgia incontenible hacia mi ciudad, mi familia y aquel mundo que abandoné por subestimar su simpleza y no entender que todo allí se trataba de la celebración visceral de la vida.
Ni siquiera esperé la ceremonia de graduación. Hice que me mandaran, dos meses después, el título por correo y tomé el primer vuelo que pude pasada la fecha de la publicación de mis notas finales. Los dos meses de espera por el diploma en Munich hubieran significado una única y despreciable cosa: nieve. Nieve blanca recién caída hasta la rodilla, hielo congelado al rededor de las agarraderas de mi bici, nieve derretida y mezclada con el pantano de las calles. En cualquiera de sus formas, no me gustaba la nieve. En mi ciudad de la eterna primavera, en cambio, me esperaba una suave brisa tropical. Y cuando por fin regresé, fue para encontrarme con que todo lo que más anhelaba estaba en aquello que creía que era lo que menos importaba.
24.5.11
Todo bien
Y de manera pausada, lenta, todo ha cambiado. Ya las angustias no son existenciales, ni los problemas de vida o muerte. El tiempo posee un increíble poder transformador, a veces brutal, a veces amable, como el de estos últimos meses.
El primer cambio lo trajo la vida misma y ha sido el único proceso drástico de esta historia. Un exceso de licor y una falta extrema de sueño produjo un accidente en el que no estuve, pero que dejó mi carro en pérdida total. Descubrir que la necesidad de un carro no era real, fue el primer paso. El segundo, fue decidir que en vez de un nuevo carro, necesitaba nuevos zapatos. Nada de tacones, sino unos muy cómodos para caminar.
Tres meses después del accidente, mientras veía al Japón hundirse inexplicablemente en el mar, decidí que era hora de dejar la ciudad que me estaba matando y darle la espalda a este estilo de vida que no escogí y que me rehúso a aceptar por más tiempo, permitiendo que crezca, mientras me quedo mirando la tele o tipeando en este computador, pasivamente.
Cuántas veces soñé con un cambio, con una nueva vida, natural, tranquila. Cuántas veces también me atemoricé de dejar la ciudad y su vida nocturna y mis vicios. Finalmente ganó la l. de los 30 años, el nuevo yo en que me convierto cada día. Sencillamente empaqué y me fui al campo. Digo, nos fuimos, porque no me fui sola.
Por primera vez en mi vida tengo una relación larga y estable. He llegado a sentir a veces el peso de monotonías repentinas y me he dicho a mí misma que nunca he estado en esta posición y que no sé cómo seguir. Pero la respuesta a esa pregunta también ha llegado, sabia como el conocimiento milenario de la agricultura, para decirme que para vencer esa monotonía y seguir sólo hay un camino, que siempre será el mismo: seguir.
Aunque no vivo aquí (en la ciudad), vengo todos los días, porque acá está, aún, el camello (no todo ha cambiado). Salgo de mi casa a primera hora del día, sintiéndome como el viejo de "El Silencio de la Montaña", viendo los pajaritos, oliendo el aire más fresco y delicioso y hablando con las montañas. Me monto en un bus casi siempre repleto, a veces miro el bello paisaje, otras, como hoy, me quedo dormida y me despierto uno o dos minutos antes de mi parada (parada es un eufemismo, ya todos conocemos la situación) y me bajo en la 33, entre ela avenida del ferrocarril y la autopista (algo así como el mismísimo infierno urbano). Todos los dias, sin excepción, me aterro de la ciudad, como si nunca hubiera vivido en ella, como si desde siempre le hubiera pertenecido al campo y no conociera ni comprendiera nada de lo que pasa en el mundo de lo moderno y sus complejos inventos.
Y realmemte es que no entiendo cómo es que hemos permitido que este modelo sea nuestra respuesta a los desafíos demográficos y que estas sean las soluciones más aceptadas, más compradas, del supuesto desarrollo o progreso. Tantos carros, tanto ruido, tanta agresividad que no parecen (que no son!) males necesarios del desarrollo. No parecen ni son un precio justo para la supuesta comodidad citadina.
Procuro que el smog y el ruido urbano no me afecten en lo personal y camino hasta mi oficina. He bajado de peso (sólo un poco) gracias a estas caminatas, algo que mi cuerpo y autoestima necesitaban.
Ahora solo falta hacer un último cambio, desviar mi rumbo hacia el norte de mis sueños (muy mañé?): escribir, recibir reconocimiento por lo que escribo (por lo menos que mis escritos queden bajo mi nombre y no a nombre de cualquiera de mis cientos de jefes), no ir más tras el arte (ya me ha tomado tanta ventaja que casi ha salido de mi vista), sino acercarme a él como el principito al zorro, hasta llegar a su centro y quedarme en él para convertirme en parte suya, y permitirle que él sea parte de mí.
En conclusión, los 30 han entrado con fuerza y por primera vez en todo este tiempo estoy lista para el amor. No el amor pasionario, ni caritativo, ni ninguna de sus manifestaciones esécíficas, sino sencillamente el amor en términos generales. Así como a veces me parece que después de llorar tanto chiquita, mis lágrimas entraron en vía de exitinción (lloro muy poco), creo que la inconformidad frente a ser quien soy y vivir en el mundo en que vivo, también comenzó a agotar sus existencias y ahora lo que me queda, lo que más queda por gastarme en los años que me queden es amor.
Nunca he hecho esto de escribir desde el amor y no desde el resentimiento, la crítica o la burla. Es nuevo para mí. Y bienvenido todo lo nuevo, porque el cambio ya no me atemoriza. Me siento tan renovada, pero tan vieja, tan preparada para la vida, que siento que apenas comienza.
No quiero dejar la sensación que me fui de Saulo a Paulo y que ahora voy a creer en dios y no voy a perderme una misa, para nada. Sigue acá la misma posición existencial, reconocedora de que no sabemos nada. Sencillamente menos impotente e indignada frente a ese hecho y dispuesta a gozar a pesar de esa premisa de partida.
Volveré con más frecuencia por acá con esta nueva actitud y con historias de la vida sencilla. :)
El primer cambio lo trajo la vida misma y ha sido el único proceso drástico de esta historia. Un exceso de licor y una falta extrema de sueño produjo un accidente en el que no estuve, pero que dejó mi carro en pérdida total. Descubrir que la necesidad de un carro no era real, fue el primer paso. El segundo, fue decidir que en vez de un nuevo carro, necesitaba nuevos zapatos. Nada de tacones, sino unos muy cómodos para caminar.
Tres meses después del accidente, mientras veía al Japón hundirse inexplicablemente en el mar, decidí que era hora de dejar la ciudad que me estaba matando y darle la espalda a este estilo de vida que no escogí y que me rehúso a aceptar por más tiempo, permitiendo que crezca, mientras me quedo mirando la tele o tipeando en este computador, pasivamente.
Cuántas veces soñé con un cambio, con una nueva vida, natural, tranquila. Cuántas veces también me atemoricé de dejar la ciudad y su vida nocturna y mis vicios. Finalmente ganó la l. de los 30 años, el nuevo yo en que me convierto cada día. Sencillamente empaqué y me fui al campo. Digo, nos fuimos, porque no me fui sola.
Por primera vez en mi vida tengo una relación larga y estable. He llegado a sentir a veces el peso de monotonías repentinas y me he dicho a mí misma que nunca he estado en esta posición y que no sé cómo seguir. Pero la respuesta a esa pregunta también ha llegado, sabia como el conocimiento milenario de la agricultura, para decirme que para vencer esa monotonía y seguir sólo hay un camino, que siempre será el mismo: seguir.
Aunque no vivo aquí (en la ciudad), vengo todos los días, porque acá está, aún, el camello (no todo ha cambiado). Salgo de mi casa a primera hora del día, sintiéndome como el viejo de "El Silencio de la Montaña", viendo los pajaritos, oliendo el aire más fresco y delicioso y hablando con las montañas. Me monto en un bus casi siempre repleto, a veces miro el bello paisaje, otras, como hoy, me quedo dormida y me despierto uno o dos minutos antes de mi parada (parada es un eufemismo, ya todos conocemos la situación) y me bajo en la 33, entre ela avenida del ferrocarril y la autopista (algo así como el mismísimo infierno urbano). Todos los dias, sin excepción, me aterro de la ciudad, como si nunca hubiera vivido en ella, como si desde siempre le hubiera pertenecido al campo y no conociera ni comprendiera nada de lo que pasa en el mundo de lo moderno y sus complejos inventos.
Y realmemte es que no entiendo cómo es que hemos permitido que este modelo sea nuestra respuesta a los desafíos demográficos y que estas sean las soluciones más aceptadas, más compradas, del supuesto desarrollo o progreso. Tantos carros, tanto ruido, tanta agresividad que no parecen (que no son!) males necesarios del desarrollo. No parecen ni son un precio justo para la supuesta comodidad citadina.
Procuro que el smog y el ruido urbano no me afecten en lo personal y camino hasta mi oficina. He bajado de peso (sólo un poco) gracias a estas caminatas, algo que mi cuerpo y autoestima necesitaban.
Ahora solo falta hacer un último cambio, desviar mi rumbo hacia el norte de mis sueños (muy mañé?): escribir, recibir reconocimiento por lo que escribo (por lo menos que mis escritos queden bajo mi nombre y no a nombre de cualquiera de mis cientos de jefes), no ir más tras el arte (ya me ha tomado tanta ventaja que casi ha salido de mi vista), sino acercarme a él como el principito al zorro, hasta llegar a su centro y quedarme en él para convertirme en parte suya, y permitirle que él sea parte de mí.
En conclusión, los 30 han entrado con fuerza y por primera vez en todo este tiempo estoy lista para el amor. No el amor pasionario, ni caritativo, ni ninguna de sus manifestaciones esécíficas, sino sencillamente el amor en términos generales. Así como a veces me parece que después de llorar tanto chiquita, mis lágrimas entraron en vía de exitinción (lloro muy poco), creo que la inconformidad frente a ser quien soy y vivir en el mundo en que vivo, también comenzó a agotar sus existencias y ahora lo que me queda, lo que más queda por gastarme en los años que me queden es amor.
Nunca he hecho esto de escribir desde el amor y no desde el resentimiento, la crítica o la burla. Es nuevo para mí. Y bienvenido todo lo nuevo, porque el cambio ya no me atemoriza. Me siento tan renovada, pero tan vieja, tan preparada para la vida, que siento que apenas comienza.
No quiero dejar la sensación que me fui de Saulo a Paulo y que ahora voy a creer en dios y no voy a perderme una misa, para nada. Sigue acá la misma posición existencial, reconocedora de que no sabemos nada. Sencillamente menos impotente e indignada frente a ese hecho y dispuesta a gozar a pesar de esa premisa de partida.
Volveré con más frecuencia por acá con esta nueva actitud y con historias de la vida sencilla. :)
14.1.11
Año nuevo, Vida Nueva.
El primero de enero twittié: año nuevo, vida nueva, pura mierda (@traselarte). También lo puse en Facebook, donde casi de manera inmediata muchas personas de una respondieron que fresca, que la vida es bella, que siempre se puede volver a empezar, que hay que pensar positivo, etc.
Yo les voy a decir lo siguiente. No es ética ni correctamente político estar "fresco" en esta época. Probablemente no lo ha sido nunca, pero es que a mí no me tocó vivir en otras épocas, sino en esta y por eso me preocupo es por esta y no por las otras. También les voy a decir qué significa pensar positivo: pensar positivo significa pensar que todo va a estar bien; y cómo va a estar bien si todo al rededor está mal? Es decir, en mi vida personal todo, o casi todo, está bien, muy bien de hecho. Pero en mi vida como individuo perteneciente a esta especie, nada está especialmente bien. Basta con mirar las noticias, leyes antiinmigración, pájaros, peces y cangrejos muriendo en las costas de países varios, el islam cada vez con más rabia contra occidente, los judíos cada vez con más odio por gaza y el islam, las nuevas generaciones cada vez más metidas en pantallas y apáticas al contacto personal, cada vez más "seguridad" para más violencia, cada vez menos ricos más ricos y más pobres mucho más pobres, etc, etc.
La vida es bella? Sí, la vida es bella si uno cierra los ojos ante las consecuencias de tanta belleza. Trabajo en una alcaldía que pretende pagar la deuda histórica de esta ciudad, una muy pero muy grande, mientras la secretaria privada del alcalde usa carteras y zapatos que cuestan dos veces el mínimo, como mínimo. Y esa es la belleza de la vida, llena de Gucci, hoteles Hilton, modelos de victoria´s secret, caipirinhas, ferraris, casinos, apple, etc. Todo eso hace la vida bella, hermosa, hasta que uno llega a un semáforo y un mocoso mugriento te recuerda la pobreza, la falta, la muerte y game over. Claro, game over para mí. El resto de la gente parece no inmutarse, se libran del asunto volteando la cara, o peor aún, abriendo unos centímetros la ventana del carro para sacar un par de monedas. Pero nadie hace nada por el verdadero problema. A la vuelta de la esquina, olvidado el incidente, nos enamoramos de una nueva vitrina, o nos antojamos de un ipad y sigue la vida de la eterna maricada.
Que siempre se puede volver a empezar? De acuerdo, muy de acuerdo. Tomé la decisión de renunciar a mi trabajo para volver a empezar. No más echar la misma lora. Me siento más Fight Club que nunca y no voy a perder el impulso. Voy a volver a sacar mi pluma y transmitir todas esas cosas que pienso y siento pero que todos me aconsejan no repetir. Si el 2012 sí pasa algo, lo que sea, quiero me coja bien parada, en un lugar honesto, donde no tenga que avergonzarme de quién soy, lo que hago y lo que tengo. A partir de hoy, voy a pensarlo muy bien antes de venir a desahogarme acá con güevonadas. No voy a desperdiciar más palabras. A partir de hoy procuraré enviar mensajes, reales, poderosos. Porque somos seres reales y poderosos y a no ser que nos convenzamos de ello y nos pongamos en acción, el mundo que soñamos, nunca será el que tendremos.
Voy a luchar y no me importa si muero en la lucha. Por lo menos mi vida no habrá sido en vano y no habrá quedado atrapada en los tags más populares.
Les dejo este link para que pienses en qué lado quieren estar.
http://comment.rsablogs.org.uk/videos/
Yo les voy a decir lo siguiente. No es ética ni correctamente político estar "fresco" en esta época. Probablemente no lo ha sido nunca, pero es que a mí no me tocó vivir en otras épocas, sino en esta y por eso me preocupo es por esta y no por las otras. También les voy a decir qué significa pensar positivo: pensar positivo significa pensar que todo va a estar bien; y cómo va a estar bien si todo al rededor está mal? Es decir, en mi vida personal todo, o casi todo, está bien, muy bien de hecho. Pero en mi vida como individuo perteneciente a esta especie, nada está especialmente bien. Basta con mirar las noticias, leyes antiinmigración, pájaros, peces y cangrejos muriendo en las costas de países varios, el islam cada vez con más rabia contra occidente, los judíos cada vez con más odio por gaza y el islam, las nuevas generaciones cada vez más metidas en pantallas y apáticas al contacto personal, cada vez más "seguridad" para más violencia, cada vez menos ricos más ricos y más pobres mucho más pobres, etc, etc.
La vida es bella? Sí, la vida es bella si uno cierra los ojos ante las consecuencias de tanta belleza. Trabajo en una alcaldía que pretende pagar la deuda histórica de esta ciudad, una muy pero muy grande, mientras la secretaria privada del alcalde usa carteras y zapatos que cuestan dos veces el mínimo, como mínimo. Y esa es la belleza de la vida, llena de Gucci, hoteles Hilton, modelos de victoria´s secret, caipirinhas, ferraris, casinos, apple, etc. Todo eso hace la vida bella, hermosa, hasta que uno llega a un semáforo y un mocoso mugriento te recuerda la pobreza, la falta, la muerte y game over. Claro, game over para mí. El resto de la gente parece no inmutarse, se libran del asunto volteando la cara, o peor aún, abriendo unos centímetros la ventana del carro para sacar un par de monedas. Pero nadie hace nada por el verdadero problema. A la vuelta de la esquina, olvidado el incidente, nos enamoramos de una nueva vitrina, o nos antojamos de un ipad y sigue la vida de la eterna maricada.
Que siempre se puede volver a empezar? De acuerdo, muy de acuerdo. Tomé la decisión de renunciar a mi trabajo para volver a empezar. No más echar la misma lora. Me siento más Fight Club que nunca y no voy a perder el impulso. Voy a volver a sacar mi pluma y transmitir todas esas cosas que pienso y siento pero que todos me aconsejan no repetir. Si el 2012 sí pasa algo, lo que sea, quiero me coja bien parada, en un lugar honesto, donde no tenga que avergonzarme de quién soy, lo que hago y lo que tengo. A partir de hoy, voy a pensarlo muy bien antes de venir a desahogarme acá con güevonadas. No voy a desperdiciar más palabras. A partir de hoy procuraré enviar mensajes, reales, poderosos. Porque somos seres reales y poderosos y a no ser que nos convenzamos de ello y nos pongamos en acción, el mundo que soñamos, nunca será el que tendremos.
Voy a luchar y no me importa si muero en la lucha. Por lo menos mi vida no habrá sido en vano y no habrá quedado atrapada en los tags más populares.
Les dejo este link para que pienses en qué lado quieren estar.
http://comment.rsablogs.org.uk/videos/
27.12.10
Divagaciones existencialistas
Desde chiquita descubrí que uno es bueno en la vida en lo que decide ser bueno y malo en lo que quiere ser malo. Yo decidí que no me gustaban las matemáticas y me volví retrasada mental para los números y cuentas de manera que los profesores de matemáticas tuvieran que aceptar que era incapaz de factorizar más allá de los binomios cuadrados perfectos (por los que me interesé sólo porque tienen un nombre precioso) o que me pidieran que entendiera qué putas es un límite (una línea con un hueco que sigue siendo una línea contra toda lógica). En este punto debo confesar que me gradué del colegio, primero porque en general el colegio es muy malo en esta materia y segundo, porque le juré al profe, que era un bacán, que jamás me dedicaría a profesiones de las ciencias exactas, promesa que cumplí a cabalidad.
Curiosamente, y aunque sin lógica alguna, decidí también que iba a ser muy buena para la física y así fue. Al salir del colegio y tras haber obtenido el puntaje más alto de mi icfes en tres materias por igual (inglés, filosofía y física), me orienté por un estudio académico relativo a las primeras dos, mientras que mantuve contacto con la tercera por mi cuenta, leyendo libros que podía entender relativamente bien y que cada vez más me fueron llevando a investigar por temas de lo muy pequeño y lo muy grande. A teorías de cosmos y caos.
Últimamente no, porque están repitiendo los capítulos de la temporada pasada, pero normalmente los miércoles en la noche estoy sentada viendo “El Universo” en History Channel. Desde luego, no soy una experta ni mucho menos (una persona que difícilmente cuenta hasta cinco no puede ser por definición muy buena en física), pero el programita me ayuda a repasar lecturas que he realizado en los últimos 10 años sobre el tema por simple curiosidad.
La razón por la que me gusta la física es porque está intrínsecamente relacionada con la filosofía. Y no es que yo sea filósofa o que sepa filosofar, pero conservo intacto en mí ese instinto de pitufo filósofo que todos tenemos dentro (unos más que otros, desde luego). Viendo el universo, dedico un espacio de 2 horas semanales al asombro absoluto y a una pregunta filosófica que ha vuelto con dura insistencia a mí desde que tomé yagé hace poco más de un año y que dice: existe dios?
Desde la práctica, yo ya había encontrado desde hacía muchos años una respuesta bastante satisfactoria al asunto: no sé si existe dios, ni lo sabré, por lo que si dios existe, o no, no debe desvelarme mucho ya que exista, o no, yo quiero ser tan buena persona como recuerde ser. Y digo recuerde, porque muchas, muchísimas veces se me olvida que quiero ser buena y soy mala y la cago y en fin… pero supongo que no soy la única a la que le pasa, pues en este mundo uno, si bien es único, dividido en pedazos o facetas, ya está repetido por cientos o miles, bien en el presente, bien en el pasado (y vaya a saber uno cuántas veces más en el futuro).
En estos días estaba en la casa de mi mejor amiga, que no soporta que filosofe (nadie de hecho lo hace), pero por alguna razón milagrosa, ese día no sólo se interesó en mis pseudo disertaciones sobre dios, sino que me pidió que las escribiera y aquí van.
EXISTE DIOS O NO?
Advierto desde ya que este texto no va a concluir en nada, de manera que pido respetuosamente que no se enojen al final, cuando no encuentren respuesta. El que no tolere que me decida por una u otra opción, le pido que deje de leer ya, porque a continuación habrá más preguntas que respuestas.
Se entiende por dios en esta discusión al ser responsable de la creación del universo y de cada una de las cosas en él, independientemente de que lo hiciera a su imagen y semejanza o no. Si bien nosotros, los humanos (y animales y plantas) estamos vivos, dios no tiene que estar necesariamente “vivo”, puede “ser” en otra manera diferente e ininteligible para nosotros. Sin embargo, vivo o no vivo, el dios, para su creación, tuvo que tener una voluntad (impulso, estallido) de creación, de lo contrario dios no sería dios 8no el de la definición inicial) y no tendría sentido seguir esta discusión. Y si dios está o estuvo dotado alguna vez de voluntad creadora, tiene, por necesidad, que estar dotado de una voluntad inversa, es decir, de una no voluntad. Este argumento habla a favor de la existencia de dios, pues explicaría la pregunta de tantos: por qué dios permite que esto suceda? (porque tiene tanta voluntad como no voluntad). También explicaría la extraña existencia de la nada, de la materia oscura, de la muerte y de todas las cosas cuya existencia conocemos como nombre, pero cuya “materialización”, bien como ente tangible o bien como concepto inteligible aún no es posible. Sin embargo, es un argumento facilista a favor de su existencia.
Pasemos a otra consideración. El universo es vasto, vastísimo. Al final del tiempo, en el límite (extrañísima noción) del tiempo, es decir, en la frontera del estallido, se encuentran astros de dimensiones que nos obligan a redefinir el concepto de gigantismo y de violencia. Estos tienen tal tamaño, energía y poder que hacen inverosímil a nuestra pequeñísima e insignificante dimensión humana la creencia de que todo eso pudo crearse por sí mismo. Este argumento a favor de la existencia de dios no es otro que un reencauche de las 5 preguntas de Santo Tomás de Aquino, que en realidad era una misma pregunta formulada de 5 maneras diferentes (qué hay detrás de lo más lejano?, qué empezó el comienzo?). Nuestra incapacidad de respuesta no deja más alternativa que ignorar la pregunta o creer en dios.
Sin embargo, una vez apago la tele y vuelvo a mi vida, todos los días, sin falta, mientras me quito en la ducha el olor nauseabundo de la existencia, lavo platos y limpio la eterna grasa de la cocina o me armo de paciencia para soportar un taco en la autopista o me como un almuerzo delicioso que me empacó mi esposito en horribles cocas de plástico para el trabajo, me pregunto: para qué todo esto? Por qué no puedo conocerme ni a mí misma? Por qué pasar acá años y años repitiendo rutinas, calendarios, palabras, notas musicales, genes, sin siquiera la más remota pista? Para qué tantos colores, olores, sabores, sabiendo que todos están hechos de siempre las mismas partículas básicas, que nunca son muchas, además? Más de lo mismo, todos los días, más de lo mismo y siempre “diferente”. Y por qué? Acaso somos un experimento de un dios macabro que quiere experimentar la materia en todas las(sus) posibilidades? Y si fuera así, por qué pareciera que justo mi especie puede hacer experimentos por sí misma y hacerse las malditas preguntas: por qué?/para qué? Y en caso tal de universos paralelos, no dejaría de ser, nuevamente, más de lo mismo, sólo que en un grado de complejidad un poco más elevado. Otra yo con otra vida, casi igual pero diferente.
Y si fuera verdad que la vida es un sistema escolar tal y como lo creen los que creen en la reencarnación (un alma nace y tiene que ir aprobando vidas como grados escolares, hasta que llega un punto en que le entregan un cartón de graduación y se acaba la vaina porque pasa a ser parte de una masa inidentificable que podría ser dios o el desempleo, vaya uno a saber). O si fuera verdad que uno se muere y lo castigan o premian por portarse “bien” o “mal” (sin entrar en las complejidades del bien y el mal en las que no hace falta redundar pues ya Nietzsche se gastó su preciosa vida en el tema). Pero, y si fuera así, porque ni una sola alma se ha devuelto a contar o intentar contar nada? Porque no he sabido del primer fantasma o espíritu verosímil? Será porque no existe tal cosa llamada el alma? Será porque morimos igual que un mosquito que una ballena? Por qué la muerte de uno la celebro y la otra la lamento más que la de los de La Gabriela? O del Tsunami de 2005?
Finalmente vienen los sueños y el mundo extraño del inconsciente, una especie de cordón umbilical al “molde”, para ponerlo en términos platónicos. O no, una especie de conexión al inconsciente colectivo para ponerlo en términos de Jung. En estos días cenicerodeiddeas.blogspot.com publicó una idea brillante de hacer mitos con los sueños de ese inconsciente colectivo. Yo llevaba buscando esa idea por lo menos 7 años pero no vino a mí. Pero dejemos las envidias de lado y volvamos al tema de dios, porque uno rara vez sueña con dios. O por lo menos yo nunca lo he hecho. He soñado con jesús, la virgen y algunos más que ya murieron, o con mundos perfectos, paraísos, o limbos, pero nunca con dios en tanto que dios. Sin embargo, al tomar yagé, no me cupo la menor duda de que existía y que el sol y su salida gloriosa y las gallinas tenían todo que ver con él. Y no sólo que existía, sino que había que agradecerlo, amarlo. Pero claro, es que en esa fase final del yagé todo es perfecto, como cuando veo El Universo en History Channel y me maravillo con todas esas cosas o muy grandes o muy pequeñas que puedo nombrar pero no concebir (la magia de la física). Pero claro, se acaba el efecto hipnótico de la perfección momentánea y vuelvo a mi cubículo, a mi vida de proletaria snob al servicio de la burocracia tercermundista y se acaban las gracias y vuelven los lamentos. El llamado a la muerte, que si nos atenemos que dios es voluntad y no voluntad es nuevamente dios, uno muy cruel, al que, en sano juicio y llena de preguntas, no me dan ganas de ir en absoluto, ni agradecerle ni mierda, ni amarme ni a mí misma.
Y si existiera, y fuera el amo y señor de todo, hasta mi rebeldía sería su voluntad y entonces qué fracaso de mundo, que peye de creador. Pero confío en que no es así, porque no quiero odiar al mundo así me la vuele, ni quiero que él me odie a mí y después me de un cáncer de huesos o una enfermedad bien horrible, porque lo que sí es más cierto es que uno va tejiendo su vida palabra a palabra y yo he dicho muchas cosas feas en esta vida y siempre, siempre se me olvida ser prudente, generosa, respetuosa y a cambio me quedo con este ser que lanza preguntas compulsivamente y se llena de indignación ante el silencio de los sabios.
Curiosamente, y aunque sin lógica alguna, decidí también que iba a ser muy buena para la física y así fue. Al salir del colegio y tras haber obtenido el puntaje más alto de mi icfes en tres materias por igual (inglés, filosofía y física), me orienté por un estudio académico relativo a las primeras dos, mientras que mantuve contacto con la tercera por mi cuenta, leyendo libros que podía entender relativamente bien y que cada vez más me fueron llevando a investigar por temas de lo muy pequeño y lo muy grande. A teorías de cosmos y caos.
Últimamente no, porque están repitiendo los capítulos de la temporada pasada, pero normalmente los miércoles en la noche estoy sentada viendo “El Universo” en History Channel. Desde luego, no soy una experta ni mucho menos (una persona que difícilmente cuenta hasta cinco no puede ser por definición muy buena en física), pero el programita me ayuda a repasar lecturas que he realizado en los últimos 10 años sobre el tema por simple curiosidad.
La razón por la que me gusta la física es porque está intrínsecamente relacionada con la filosofía. Y no es que yo sea filósofa o que sepa filosofar, pero conservo intacto en mí ese instinto de pitufo filósofo que todos tenemos dentro (unos más que otros, desde luego). Viendo el universo, dedico un espacio de 2 horas semanales al asombro absoluto y a una pregunta filosófica que ha vuelto con dura insistencia a mí desde que tomé yagé hace poco más de un año y que dice: existe dios?
Desde la práctica, yo ya había encontrado desde hacía muchos años una respuesta bastante satisfactoria al asunto: no sé si existe dios, ni lo sabré, por lo que si dios existe, o no, no debe desvelarme mucho ya que exista, o no, yo quiero ser tan buena persona como recuerde ser. Y digo recuerde, porque muchas, muchísimas veces se me olvida que quiero ser buena y soy mala y la cago y en fin… pero supongo que no soy la única a la que le pasa, pues en este mundo uno, si bien es único, dividido en pedazos o facetas, ya está repetido por cientos o miles, bien en el presente, bien en el pasado (y vaya a saber uno cuántas veces más en el futuro).
En estos días estaba en la casa de mi mejor amiga, que no soporta que filosofe (nadie de hecho lo hace), pero por alguna razón milagrosa, ese día no sólo se interesó en mis pseudo disertaciones sobre dios, sino que me pidió que las escribiera y aquí van.
EXISTE DIOS O NO?
Advierto desde ya que este texto no va a concluir en nada, de manera que pido respetuosamente que no se enojen al final, cuando no encuentren respuesta. El que no tolere que me decida por una u otra opción, le pido que deje de leer ya, porque a continuación habrá más preguntas que respuestas.
Se entiende por dios en esta discusión al ser responsable de la creación del universo y de cada una de las cosas en él, independientemente de que lo hiciera a su imagen y semejanza o no. Si bien nosotros, los humanos (y animales y plantas) estamos vivos, dios no tiene que estar necesariamente “vivo”, puede “ser” en otra manera diferente e ininteligible para nosotros. Sin embargo, vivo o no vivo, el dios, para su creación, tuvo que tener una voluntad (impulso, estallido) de creación, de lo contrario dios no sería dios 8no el de la definición inicial) y no tendría sentido seguir esta discusión. Y si dios está o estuvo dotado alguna vez de voluntad creadora, tiene, por necesidad, que estar dotado de una voluntad inversa, es decir, de una no voluntad. Este argumento habla a favor de la existencia de dios, pues explicaría la pregunta de tantos: por qué dios permite que esto suceda? (porque tiene tanta voluntad como no voluntad). También explicaría la extraña existencia de la nada, de la materia oscura, de la muerte y de todas las cosas cuya existencia conocemos como nombre, pero cuya “materialización”, bien como ente tangible o bien como concepto inteligible aún no es posible. Sin embargo, es un argumento facilista a favor de su existencia.
Pasemos a otra consideración. El universo es vasto, vastísimo. Al final del tiempo, en el límite (extrañísima noción) del tiempo, es decir, en la frontera del estallido, se encuentran astros de dimensiones que nos obligan a redefinir el concepto de gigantismo y de violencia. Estos tienen tal tamaño, energía y poder que hacen inverosímil a nuestra pequeñísima e insignificante dimensión humana la creencia de que todo eso pudo crearse por sí mismo. Este argumento a favor de la existencia de dios no es otro que un reencauche de las 5 preguntas de Santo Tomás de Aquino, que en realidad era una misma pregunta formulada de 5 maneras diferentes (qué hay detrás de lo más lejano?, qué empezó el comienzo?). Nuestra incapacidad de respuesta no deja más alternativa que ignorar la pregunta o creer en dios.
Sin embargo, una vez apago la tele y vuelvo a mi vida, todos los días, sin falta, mientras me quito en la ducha el olor nauseabundo de la existencia, lavo platos y limpio la eterna grasa de la cocina o me armo de paciencia para soportar un taco en la autopista o me como un almuerzo delicioso que me empacó mi esposito en horribles cocas de plástico para el trabajo, me pregunto: para qué todo esto? Por qué no puedo conocerme ni a mí misma? Por qué pasar acá años y años repitiendo rutinas, calendarios, palabras, notas musicales, genes, sin siquiera la más remota pista? Para qué tantos colores, olores, sabores, sabiendo que todos están hechos de siempre las mismas partículas básicas, que nunca son muchas, además? Más de lo mismo, todos los días, más de lo mismo y siempre “diferente”. Y por qué? Acaso somos un experimento de un dios macabro que quiere experimentar la materia en todas las(sus) posibilidades? Y si fuera así, por qué pareciera que justo mi especie puede hacer experimentos por sí misma y hacerse las malditas preguntas: por qué?/para qué? Y en caso tal de universos paralelos, no dejaría de ser, nuevamente, más de lo mismo, sólo que en un grado de complejidad un poco más elevado. Otra yo con otra vida, casi igual pero diferente.
Y si fuera verdad que la vida es un sistema escolar tal y como lo creen los que creen en la reencarnación (un alma nace y tiene que ir aprobando vidas como grados escolares, hasta que llega un punto en que le entregan un cartón de graduación y se acaba la vaina porque pasa a ser parte de una masa inidentificable que podría ser dios o el desempleo, vaya uno a saber). O si fuera verdad que uno se muere y lo castigan o premian por portarse “bien” o “mal” (sin entrar en las complejidades del bien y el mal en las que no hace falta redundar pues ya Nietzsche se gastó su preciosa vida en el tema). Pero, y si fuera así, porque ni una sola alma se ha devuelto a contar o intentar contar nada? Porque no he sabido del primer fantasma o espíritu verosímil? Será porque no existe tal cosa llamada el alma? Será porque morimos igual que un mosquito que una ballena? Por qué la muerte de uno la celebro y la otra la lamento más que la de los de La Gabriela? O del Tsunami de 2005?
Finalmente vienen los sueños y el mundo extraño del inconsciente, una especie de cordón umbilical al “molde”, para ponerlo en términos platónicos. O no, una especie de conexión al inconsciente colectivo para ponerlo en términos de Jung. En estos días cenicerodeiddeas.blogspot.com publicó una idea brillante de hacer mitos con los sueños de ese inconsciente colectivo. Yo llevaba buscando esa idea por lo menos 7 años pero no vino a mí. Pero dejemos las envidias de lado y volvamos al tema de dios, porque uno rara vez sueña con dios. O por lo menos yo nunca lo he hecho. He soñado con jesús, la virgen y algunos más que ya murieron, o con mundos perfectos, paraísos, o limbos, pero nunca con dios en tanto que dios. Sin embargo, al tomar yagé, no me cupo la menor duda de que existía y que el sol y su salida gloriosa y las gallinas tenían todo que ver con él. Y no sólo que existía, sino que había que agradecerlo, amarlo. Pero claro, es que en esa fase final del yagé todo es perfecto, como cuando veo El Universo en History Channel y me maravillo con todas esas cosas o muy grandes o muy pequeñas que puedo nombrar pero no concebir (la magia de la física). Pero claro, se acaba el efecto hipnótico de la perfección momentánea y vuelvo a mi cubículo, a mi vida de proletaria snob al servicio de la burocracia tercermundista y se acaban las gracias y vuelven los lamentos. El llamado a la muerte, que si nos atenemos que dios es voluntad y no voluntad es nuevamente dios, uno muy cruel, al que, en sano juicio y llena de preguntas, no me dan ganas de ir en absoluto, ni agradecerle ni mierda, ni amarme ni a mí misma.
Y si existiera, y fuera el amo y señor de todo, hasta mi rebeldía sería su voluntad y entonces qué fracaso de mundo, que peye de creador. Pero confío en que no es así, porque no quiero odiar al mundo así me la vuele, ni quiero que él me odie a mí y después me de un cáncer de huesos o una enfermedad bien horrible, porque lo que sí es más cierto es que uno va tejiendo su vida palabra a palabra y yo he dicho muchas cosas feas en esta vida y siempre, siempre se me olvida ser prudente, generosa, respetuosa y a cambio me quedo con este ser que lanza preguntas compulsivamente y se llena de indignación ante el silencio de los sabios.
9.11.10
tercer nivel
Estuve en un lugar nublado, sin poder ver allá más que la hora siguiente. De pronto, comprendí que no se trataba más que del retorno a un camino abandonado desde la infancia: el del corazón.
Todo vuelve a cobrar nitidez y por fin logro verme como si fuese otro, como si hubiera encontrado la llave correcta a una puerta. Una que en vez de servir para salir, dejó que entrara todo lo demás: lo que me hacía falta y otras cuantas cosas.
Tal vez tardé 30 años en descubrir lo más difícil de aceptar sin más: el amor a uno mismo. O tal vez llevo 30 años intentando en vano olvidar lo que siempre ha estado ahí. Empiezo a creer saber por fin quién soy, qué quiero y qué no, y fundamentalmente a estar bien con esos hechos.
Mientras escribo, viene mi marido a decirme que cierre los ojos. Siento un olor a gorgonzola que se acerca y me derrite, como luego yo a él en mi boca.
****************
Guardaré tus secretos para siempre. Viviré con ellos una vida entera. Me recordarás en los momentos más vitales, y yo a ti, manteniendo siempre presente que soy humana, que el dolor existe, también el placer. Espero morir en tus brazos tranquilamente, sin sentirme culpable por desvanecer en lo desconocido, dejando atrás esta vida loca que es la vida.
Viajaremos en un cangrejito rojo por el país. Te preguntaré qué comen los cangrejos y me dirás que comida de mar.
Todo vuelve a cobrar nitidez y por fin logro verme como si fuese otro, como si hubiera encontrado la llave correcta a una puerta. Una que en vez de servir para salir, dejó que entrara todo lo demás: lo que me hacía falta y otras cuantas cosas.
Tal vez tardé 30 años en descubrir lo más difícil de aceptar sin más: el amor a uno mismo. O tal vez llevo 30 años intentando en vano olvidar lo que siempre ha estado ahí. Empiezo a creer saber por fin quién soy, qué quiero y qué no, y fundamentalmente a estar bien con esos hechos.
Mientras escribo, viene mi marido a decirme que cierre los ojos. Siento un olor a gorgonzola que se acerca y me derrite, como luego yo a él en mi boca.
****************
Guardaré tus secretos para siempre. Viviré con ellos una vida entera. Me recordarás en los momentos más vitales, y yo a ti, manteniendo siempre presente que soy humana, que el dolor existe, también el placer. Espero morir en tus brazos tranquilamente, sin sentirme culpable por desvanecer en lo desconocido, dejando atrás esta vida loca que es la vida.
Viajaremos en un cangrejito rojo por el país. Te preguntaré qué comen los cangrejos y me dirás que comida de mar.
27.10.10
Violencia Sexual en Medellín
No podría gustarme menos el periodismo. No veo noticieros ni leo prensa porque me aburren e indignan la mayoría de veces. Esto a continuación no lo hago con ánimos periodísticos. Lo hago porque, sencillamente, por mi trabajo, a veces tengo acceso a información que me genera inquietudes y quiero compartirlas con los esporádicos lectores de este intento frustrado de blog. Por primera vez este año, dejaré de lado mi estúpido y aburrido querido diario y les compartiré algunas de las cifras con las que me ocupo en mi día a día.
El segundo semestre de 2009 hubo 396 violaciones denunciadas en Medellín. En el primer semestre de 2010 hubo 324, 72 menos, una reducción del 18%.
El 90% de violaciones en este primer semestre de 2010 fue a mujeres, el 10% a hombres. Esto quiere decir que por cada hombre que violan, violan a 9 mujeres en Medellín.
La probabilidad de que violen a una mujer según su edad, es igual de alta entre los 0meses y los 26 años. Mujeres después de esa edad es poco probable que sufran una violación (puff, me salvé). La probabilidad de que violen a un hombre adulto es bastante baja. El 68% de los hombres violados en esta ciudad son menores de 9 años. Tenaz. Eso quiere decir que más del 75% de las violaciones en Medellín, tanto para hombres como mujeres, le suceden a niños y bebés.
Donde más violan en Medellín es en: Aranjuez, San Javier y Popular, en orden descendente. No hay ni una sola comuna de la ciudad (y eso incluye al Poblado), donde no se haya presentado ninguna violación. Donde menos violan es en Palmitas, donde no violan (lo dudo mucho) o más bien, no denuncian, pues durante un año no se ha presentado ni un solo caso. Le sigue Santa Elena, que en 6 meses se denunciaron 3 violaciones, todas de mujeres.
El mes en que más violaron de este primer semestre de 2010 fue marzo, que se llevó un 24% del total de violaciones (79 casos). Y los días en los que más se viola son domingo y lunes. A las mujeres las violan más los domingos. A los hombres (o más bien niños) los lunes. Ambos días llevándose el 18% de las violaciones en cada caso. Curioso...
Para cerrar, donde más violan es en las casas, para contradecir el imaginario común de la amenazante calle oscura y solitaria. A los niños y bebés los violan principalemnte en sus casas. En espacio público se presentaron solamente el 10% de las violaciones denunciadas, casi todas de mujeres jóvenes. En el 52% de todos los casos, el violador es alguien conocido. Curiosamente, esta cifra cobija a casi todos los hombres violados, mientras que al 38% de las mujeres las violan desconocidos.
Me voy a ahorrar las conclusiones que puedan surgir de esta información. Cada quien saque las suyas. Sólo un par de consejos: cuiden a sus hijos y ojo con las personas que llevan a sus casas o las casas que visitan!
El segundo semestre de 2009 hubo 396 violaciones denunciadas en Medellín. En el primer semestre de 2010 hubo 324, 72 menos, una reducción del 18%.
El 90% de violaciones en este primer semestre de 2010 fue a mujeres, el 10% a hombres. Esto quiere decir que por cada hombre que violan, violan a 9 mujeres en Medellín.
La probabilidad de que violen a una mujer según su edad, es igual de alta entre los 0meses y los 26 años. Mujeres después de esa edad es poco probable que sufran una violación (puff, me salvé). La probabilidad de que violen a un hombre adulto es bastante baja. El 68% de los hombres violados en esta ciudad son menores de 9 años. Tenaz. Eso quiere decir que más del 75% de las violaciones en Medellín, tanto para hombres como mujeres, le suceden a niños y bebés.
Donde más violan en Medellín es en: Aranjuez, San Javier y Popular, en orden descendente. No hay ni una sola comuna de la ciudad (y eso incluye al Poblado), donde no se haya presentado ninguna violación. Donde menos violan es en Palmitas, donde no violan (lo dudo mucho) o más bien, no denuncian, pues durante un año no se ha presentado ni un solo caso. Le sigue Santa Elena, que en 6 meses se denunciaron 3 violaciones, todas de mujeres.
El mes en que más violaron de este primer semestre de 2010 fue marzo, que se llevó un 24% del total de violaciones (79 casos). Y los días en los que más se viola son domingo y lunes. A las mujeres las violan más los domingos. A los hombres (o más bien niños) los lunes. Ambos días llevándose el 18% de las violaciones en cada caso. Curioso...
Para cerrar, donde más violan es en las casas, para contradecir el imaginario común de la amenazante calle oscura y solitaria. A los niños y bebés los violan principalemnte en sus casas. En espacio público se presentaron solamente el 10% de las violaciones denunciadas, casi todas de mujeres jóvenes. En el 52% de todos los casos, el violador es alguien conocido. Curiosamente, esta cifra cobija a casi todos los hombres violados, mientras que al 38% de las mujeres las violan desconocidos.
Me voy a ahorrar las conclusiones que puedan surgir de esta información. Cada quien saque las suyas. Sólo un par de consejos: cuiden a sus hijos y ojo con las personas que llevan a sus casas o las casas que visitan!
27.9.10
Cero y van Treinta
Mi primer diario me lo regalaron para mi cumpleaños número 5. Era amarillo pollito con letras rococó color escarlata que decían: Mi Querido Diario.
Me la pasé 2 semanas intentando comprender su función. Le preguntaba a la gente qué se suponía que debía escribir en él y me daban respuestas como: tus sueños, tus deseos, tus sentimientos, cosas que te pasen. Como desde esa época yo ya consideraba que mi vida se fundamentaba principalemente en dos pilares: el aburriemiento y la estupidez, consideré que nada real merecía ser consignado en mi querido diario. De esta manera, lo primero que escribí fue un sueño excitante que tuve la noche anterior. Yo era una mujer adulta, muy bonita, en un barco en una tormenta en la mitad del mar y un hombre joven y apuesto (que aún no he conocido) venía a rescatarme. Recuerdo el sueño aún hoy gracias a haberlo escrito.
Perdí primer querido diario, junto con otros dos que le siguieron y otras cosas de valor sentimental (fotos, cartas, etc.) a la edad de 16. Regresaba a Colombia tras un intercambio escolar y la DIAN decidió que si quería conservar mis memorias, debía "importarlas" al país. Mis papás consideraron que el millón de los impuestos era más costoso que mi autobiografía y de esta manera me quedé sin pasado remoto escrito.
Sólo recuperé la tradición de documentarme a mí misma hasta los 18, cuando, habiendo terminado el colegio, y teniendo a Bogotá como nuevo destino a conquistar, decidí retomar viejas costumbres de escribir mis aventuras por el mundo. Continué la tradición hasta los 25, que regresé nuevamente de Alemania a Colombia, esta vez guardando mis 5 diarios en la maleta de mano y conservandolos aún hasta hoy en un cajón en la casa de mis papás. Desde entonces, se acabaron los queridos diarios y ya sólo escribo mis estupideces y aburrimientos en este medio virtual.
Hoy, a pocos días de cumplir 30 años, son los diarios que conservo y no conservo los que podrían darle la unidad a mi vida que hasta ahora no logro atar. Veo cabos sueltos en mi última página de hotmail, donde conservo mails de viejos novios, amigos, amantes y demás, que incluso había "olvidado". Los leo y me mareo. Siento que mi vida es un carrusel, donde los caballos sin duda alguna son diferentes pero al final todos dan lo mismo.
Mi presente es esperanzador, podría decirse que fui capaz de "salir adelante", de convertirme en una persona de "bien" (sólo porque "bien" hoy en día significa declarar renta, el resto a nadie parece importarle), pero a mis ojos sigo en el mismo punto que a los 5 años. Miro la página en blanco y me pregunto qué es lo importante, si hace falta hacer mis consignas estúpidas y aburridas, si la vida de un ser humano corriente tiene mérito, si debo hacer un esfuerzo en ser extraordinaria para que me lean, para que me escuchen, para que mi vida tenga sentido o valor. A veces, en intentos desesperados, logro escribir algo ppor fuera de mí misma que podría resultar excitante. El resto, como ya saben, es la cotidianidad de mi vida, la verdad de mi autointerpretación, en tres palabras: mi estúpido querido diario.
¿Para qué me escribo? Es una pregunta que me he planteado desde que me enfrente a ese primer querido diario, cerrado con llave, que quería aludirme a guardar secretos. pero no, no me escribo para guardar secretos. Me escribo para que mi vida no pase en vano, para que cuando cambie y me transforme en otro ser, como tantas veces me ha sucedido, tenga información de primera mano acerca de esa otra "yo" que ya no está, que se fue. Escribo para conservar la memoria de tantos amores desvanecidos, tantas amistades silenciadas, tantos epidodios escondidos en algún misterioso lugar de la memoria. Escribo para que el dolor que ya no duela, para que tanto pasado, tan pesado, no pese.
La "yo" de 5 años del querido diario extraviado que he perdido para siempre y la de 30 que teclea en este instante, que mañana será otra, una desconocida, o una muerta.
¿30 años y quién soy? Tan sólo episodios sueltos, como capítulos de una serie en desorden, que se entienden sólo porque hay unas constantes en los personajes, que envejecen, que son reales, que cada día viven uno menos y cada año se acercan más al final. Todos me toca verlos a mí, olvidarlos a mí, tergiversarlos a mí, escribirlos o no a mí. Tal vez por eso sea "yo" y esta sea "mi vida". Yo soy mi querido diario.
Es muy triste que eso no le importe a nadie. Corrección: que sólo me importe a mí. Yo y mi vida. Yo en mi soledad. Yo en permanente transformación. Mi yo pasado en diarios perdidos, más queridos que nunca. Mi yo presente en una pantalla impersonal. Mi yo futuro imposible de adivinar.
Me la pasé 2 semanas intentando comprender su función. Le preguntaba a la gente qué se suponía que debía escribir en él y me daban respuestas como: tus sueños, tus deseos, tus sentimientos, cosas que te pasen. Como desde esa época yo ya consideraba que mi vida se fundamentaba principalemente en dos pilares: el aburriemiento y la estupidez, consideré que nada real merecía ser consignado en mi querido diario. De esta manera, lo primero que escribí fue un sueño excitante que tuve la noche anterior. Yo era una mujer adulta, muy bonita, en un barco en una tormenta en la mitad del mar y un hombre joven y apuesto (que aún no he conocido) venía a rescatarme. Recuerdo el sueño aún hoy gracias a haberlo escrito.
Perdí primer querido diario, junto con otros dos que le siguieron y otras cosas de valor sentimental (fotos, cartas, etc.) a la edad de 16. Regresaba a Colombia tras un intercambio escolar y la DIAN decidió que si quería conservar mis memorias, debía "importarlas" al país. Mis papás consideraron que el millón de los impuestos era más costoso que mi autobiografía y de esta manera me quedé sin pasado remoto escrito.
Sólo recuperé la tradición de documentarme a mí misma hasta los 18, cuando, habiendo terminado el colegio, y teniendo a Bogotá como nuevo destino a conquistar, decidí retomar viejas costumbres de escribir mis aventuras por el mundo. Continué la tradición hasta los 25, que regresé nuevamente de Alemania a Colombia, esta vez guardando mis 5 diarios en la maleta de mano y conservandolos aún hasta hoy en un cajón en la casa de mis papás. Desde entonces, se acabaron los queridos diarios y ya sólo escribo mis estupideces y aburrimientos en este medio virtual.
Hoy, a pocos días de cumplir 30 años, son los diarios que conservo y no conservo los que podrían darle la unidad a mi vida que hasta ahora no logro atar. Veo cabos sueltos en mi última página de hotmail, donde conservo mails de viejos novios, amigos, amantes y demás, que incluso había "olvidado". Los leo y me mareo. Siento que mi vida es un carrusel, donde los caballos sin duda alguna son diferentes pero al final todos dan lo mismo.
Mi presente es esperanzador, podría decirse que fui capaz de "salir adelante", de convertirme en una persona de "bien" (sólo porque "bien" hoy en día significa declarar renta, el resto a nadie parece importarle), pero a mis ojos sigo en el mismo punto que a los 5 años. Miro la página en blanco y me pregunto qué es lo importante, si hace falta hacer mis consignas estúpidas y aburridas, si la vida de un ser humano corriente tiene mérito, si debo hacer un esfuerzo en ser extraordinaria para que me lean, para que me escuchen, para que mi vida tenga sentido o valor. A veces, en intentos desesperados, logro escribir algo ppor fuera de mí misma que podría resultar excitante. El resto, como ya saben, es la cotidianidad de mi vida, la verdad de mi autointerpretación, en tres palabras: mi estúpido querido diario.
¿Para qué me escribo? Es una pregunta que me he planteado desde que me enfrente a ese primer querido diario, cerrado con llave, que quería aludirme a guardar secretos. pero no, no me escribo para guardar secretos. Me escribo para que mi vida no pase en vano, para que cuando cambie y me transforme en otro ser, como tantas veces me ha sucedido, tenga información de primera mano acerca de esa otra "yo" que ya no está, que se fue. Escribo para conservar la memoria de tantos amores desvanecidos, tantas amistades silenciadas, tantos epidodios escondidos en algún misterioso lugar de la memoria. Escribo para que el dolor que ya no duela, para que tanto pasado, tan pesado, no pese.
La "yo" de 5 años del querido diario extraviado que he perdido para siempre y la de 30 que teclea en este instante, que mañana será otra, una desconocida, o una muerta.
¿30 años y quién soy? Tan sólo episodios sueltos, como capítulos de una serie en desorden, que se entienden sólo porque hay unas constantes en los personajes, que envejecen, que son reales, que cada día viven uno menos y cada año se acercan más al final. Todos me toca verlos a mí, olvidarlos a mí, tergiversarlos a mí, escribirlos o no a mí. Tal vez por eso sea "yo" y esta sea "mi vida". Yo soy mi querido diario.
Es muy triste que eso no le importe a nadie. Corrección: que sólo me importe a mí. Yo y mi vida. Yo en mi soledad. Yo en permanente transformación. Mi yo pasado en diarios perdidos, más queridos que nunca. Mi yo presente en una pantalla impersonal. Mi yo futuro imposible de adivinar.
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9.9.10
El mundo al revés
Y si todo fuera diferente? Si las definiciones que he elegido, las verdades, estuvieran todas mal? Si de verdad existiera un ser dotado de una voluntad incomprensible, con tal poder sobre la energía y la materia, y con tal tamaño y resistencia para crear el magnetismo y la gravedad, con tal longevidad para llevar el universo a la explosión, la implosión y nuevamente otra explosión y así muchas veces? Si de verdad existen el infinito, la nada y la eternidad? Si mi vida tuviera sentido? Si realmente hubiera un deber moral universal? Si no existiera la casualidad, ni la coincidencia? Si hubiera una contrafuerza, igual o casi tan poderosa, que amenazara todo lo que conocemos y amamos, que quisiera destruirlo o apoderarse de todo esto? Sería un mundo al revés, o sería el mismo y la diferencia sólo viviría dentro de mí? O sería un mundo paralelo? O un mundo al revés?
Qué significa que soñara anoche que una orca me perseguía para matarme en el fondo del mar y de repente recordara que yo era más poderosa sobre la tierra y saliera a la superficie y escapara ilesa? Por qué, si quería matarme, no logré odiar la ballena? Es todo culpa de Free Willy o hay algo más allá?
Qué significa que la semana pasada soñara que debía proteger y esconder a una señora alemana, gorda, fea y como medio retrasada, de otras señoras alemanas malas, feas, flacas y con cara de malvadas? Qué significa que como vía de escape escogiera un río de corriente rápida y que a cambio del favor de salvarla, la señora me regalara una pequeña y curiosa piedra verde que se suponía era la "piedra del tiempo"?
Por qué dentro de nuestras pequeñas y frágiles cabezas existe un mundo tan complejo (o más) que el mismo universo? Por qué, si somos portadores de esa cabeza, que nos da identidad, se nos escapa tanto sobre nostros mismos? ¿A qué se juega en este mundo? ¿Cómo se gana si al final todos perdemos todo sin remedio? ¿Hay una salida más digna e indigna al tiempo que el suicidio? ¿Hay otro umbral de escape o ambigüedad alternativo?
Alguién conoce la salida de este lugar vasto e infinito? Es la muerte una salida, o sólo un final? Nos dirigimos tras la muerte al mismo "lugar" del que vinimos antes de ser concebidos? Por qué, si estas son preguntas de mayor importancia para el ser, me paso el 70% de mi tiempo resolviendo preguntas cómo: estoy muy gorda? qué me pongo hoy? qué voy a comer de almuerzo?, voy o no voy?. Si ya sé que todas (o casi) me pasan por bocona, por qué no logro pensar antes de hablar?
Qué significa que soñara anoche que una orca me perseguía para matarme en el fondo del mar y de repente recordara que yo era más poderosa sobre la tierra y saliera a la superficie y escapara ilesa? Por qué, si quería matarme, no logré odiar la ballena? Es todo culpa de Free Willy o hay algo más allá?
Qué significa que la semana pasada soñara que debía proteger y esconder a una señora alemana, gorda, fea y como medio retrasada, de otras señoras alemanas malas, feas, flacas y con cara de malvadas? Qué significa que como vía de escape escogiera un río de corriente rápida y que a cambio del favor de salvarla, la señora me regalara una pequeña y curiosa piedra verde que se suponía era la "piedra del tiempo"?
Por qué dentro de nuestras pequeñas y frágiles cabezas existe un mundo tan complejo (o más) que el mismo universo? Por qué, si somos portadores de esa cabeza, que nos da identidad, se nos escapa tanto sobre nostros mismos? ¿A qué se juega en este mundo? ¿Cómo se gana si al final todos perdemos todo sin remedio? ¿Hay una salida más digna e indigna al tiempo que el suicidio? ¿Hay otro umbral de escape o ambigüedad alternativo?
Alguién conoce la salida de este lugar vasto e infinito? Es la muerte una salida, o sólo un final? Nos dirigimos tras la muerte al mismo "lugar" del que vinimos antes de ser concebidos? Por qué, si estas son preguntas de mayor importancia para el ser, me paso el 70% de mi tiempo resolviendo preguntas cómo: estoy muy gorda? qué me pongo hoy? qué voy a comer de almuerzo?, voy o no voy?. Si ya sé que todas (o casi) me pasan por bocona, por qué no logro pensar antes de hablar?
26.8.10
La propia nubecita
Un pollito viaja en una vespa azul celeste. "Se montaba en su nube, en su nube voladora". Grito te quiero, él mira arriba y me lanza un beso. Cuando desaparece por la calle, aparece a cambio una mariposa azul brillante. Morphos azul. La mariposa esta aparece a veces como una epifanía de momentos románticos de nuestro amor. Me gusta interpretarlos como signo de que el cosmos nos aprueba. Eso, desde luego, sé que es pura güevonada. En realidad creo que al cosmos sólo le puede importar lo que me pase, como a un científico le importa lo que le suceda a su conejillo de indias. Y aunque esto es lo que creo, hago caso omiso. No sólo de pan vive el hombre, y menos la mujer.
Hoy el pollito me pidió que lo acompañara al banco de occidente (ni hablemos del motivo) pero como me duele el brazo, porque me lo aporrié hace 12 días en un pequeño suceso de caída, decidí no acompañarlo. Cuando oí el ruido de la moto, salí rápido a
repetir la escena, pero dudé mucho entre si hacerlo o no y cuando por fin me decidí, ya era demasiado tarde.
Hoy el pollito me pidió que lo acompañara al banco de occidente (ni hablemos del motivo) pero como me duele el brazo, porque me lo aporrié hace 12 días en un pequeño suceso de caída, decidí no acompañarlo. Cuando oí el ruido de la moto, salí rápido a
repetir la escena, pero dudé mucho entre si hacerlo o no y cuando por fin me decidí, ya era demasiado tarde.
13.8.10
This city is killing me
Creo que estoy más cerca de lo primitivo que de lo civilizado y que en esto radican todos mis problemas.
Vivo en una ciudad de limbo que tolera algunas de mis excentricidades pero me culpa y condena por no compartir algunos de sus gustos más prioritarios como la misa o el hogao.
Nada de esto importa realmente. Yo permití que me abandonara la persona que más he amado porque estaba convencida que mi amor a la mi tierra era más grande (exceso de carlos vives o juanes aunque no me guste ninguno, tal vez?). Tal vez.
Trabajo 10 o más horas al día en un cubículo de una oficina en el que no me entero cómo está el clima. No tengo derecho a quejarme porque estoy en la cúspide de la pirámide social y todos los que están debajo viven peor... dicen.
Salgo a la calle y me encuentro con una ciudad sin memoria. Iglesias llenas cualquier día a las 7 a.m. Gente desayunando todo tipo de frituras. Millones de vendedores ambulantes.
Cuando era chiquita me prometí a mí misma ser alguien importante. Hoy esa promesa hace eco en mis sueños y me despierto para comprobar que lo traiciono todo, incluso a mí misma y que eso es lo único que tengo.
Estoy al borde de los 30 y paradigmas comienzan a derrumbarse estruendosamente: deja de importarme la belleza y me veo engordar con indiferencia. Dejo de procurar ser artista y me conformo con mi anónima irrelevancia. Deja de ofenderme tener un flickr y blog desolados y escribir virtualmente para mí misma. En pocas palabras, empiezo a sentirme cómoda con el sinsentido, deja de parecerme estúpida mi estupidez y empiezo a encariñarme con lo normal, a sentirme target de lo mediocre, empieza a gustarme la tv.
Es todo producto de la ciudad, de esta Medellín, que no deja otra opción que irse o rendirse.
Y me rindo, sólo que lo anuncio ya un poco tarde.
Vivo en una ciudad de limbo que tolera algunas de mis excentricidades pero me culpa y condena por no compartir algunos de sus gustos más prioritarios como la misa o el hogao.
Nada de esto importa realmente. Yo permití que me abandonara la persona que más he amado porque estaba convencida que mi amor a la mi tierra era más grande (exceso de carlos vives o juanes aunque no me guste ninguno, tal vez?). Tal vez.
Trabajo 10 o más horas al día en un cubículo de una oficina en el que no me entero cómo está el clima. No tengo derecho a quejarme porque estoy en la cúspide de la pirámide social y todos los que están debajo viven peor... dicen.
Salgo a la calle y me encuentro con una ciudad sin memoria. Iglesias llenas cualquier día a las 7 a.m. Gente desayunando todo tipo de frituras. Millones de vendedores ambulantes.
Cuando era chiquita me prometí a mí misma ser alguien importante. Hoy esa promesa hace eco en mis sueños y me despierto para comprobar que lo traiciono todo, incluso a mí misma y que eso es lo único que tengo.
Estoy al borde de los 30 y paradigmas comienzan a derrumbarse estruendosamente: deja de importarme la belleza y me veo engordar con indiferencia. Dejo de procurar ser artista y me conformo con mi anónima irrelevancia. Deja de ofenderme tener un flickr y blog desolados y escribir virtualmente para mí misma. En pocas palabras, empiezo a sentirme cómoda con el sinsentido, deja de parecerme estúpida mi estupidez y empiezo a encariñarme con lo normal, a sentirme target de lo mediocre, empieza a gustarme la tv.
Es todo producto de la ciudad, de esta Medellín, que no deja otra opción que irse o rendirse.
Y me rindo, sólo que lo anuncio ya un poco tarde.
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10.8.10
Lovestory Parte Uno
Se estaba mirando al espejo cuando sonó la puerta.
-Dude, door is open, dijo.
Enseguida entró Evan. Lo miró y le preguntó cuando pensaba afeitarse la chivera.
-Don´t know. I´ve had it for 3 months now and i´m kind of used to it –respondió.
Evin se burló, le dijo que parecía un chico y que si no salían ya iban a llegar muy tarde.
-What´s the name of the guy we´re going?
-Pancho- respondió Evan.
-And you say he´s cool.
-Yes he is, most def he is. He plays guitar like a pro and has always pot at home.
-Ok, let’s go then and see what happens tonight.
Yo estaba en la cama de Pancho, sentada muy pegada a él porque el cuarto estaba lleno de gente. Pancho era mi amigo, pero todo el mundo al principio creía siempre que éramos algo más. La verdad es que nunca nos dimos un beso o tuvimos un “momento”. Éramos sólo amigos, muy buenos amigos. Tanto, que nos importaba poco lo que dijeran o pensaran. Igual, con el tiempo, los que nos conocieran se iban a dar cuenta que no pasaba nada entre los dos.
El cuarto de Pancho no era especialmente grande, pero esa noche estaba lleno de gente. Casi siempre había gente visitándolo porque era muy popular, una de esas personas que todo el mundo quiere. Esa noche habíamos fumado y bebido y yo estaba algo mareada. Intenté reposarme. Me acosté en la cama y puse mi cabeza en un de sus piernas, pues en la otra él estaba enrollando un Joint. Entraron más personas al cuarto. Entre ellas, un tipo altísimo, blanquísimo, con una chivera larga e intensos ojos azules. Yo quería mirarlo bien y hablarle, pues estaba claro que me gustaba, pero antes quería vomitar.
Me paré como pude y fui al baño. Primero vomité, luego cagué. Salí del baño e intenté regresar al cuarto de Pancho. Con tan solo entreabrir la puerta, llegó un vaho de olor a cigarrillo y fiesta que me alborotó nuevamente las nauseas. Decidí salir. Afuera hacia 15 grados, pero aún así era mejor el aire fresco y frío. Me quedé dormida en un sofá de la terraza.
Al rato sentí voces a mi alrededor.
-She´s Panchos girlfriend, leave her alone dude.
-She´s pretty.
-Yeah she is, leave her alone.
Creo que en ese momento abrí los ojos y vi al de la chivera muy cerca de mí.
-Gehts dir gut? (estás bien?), me preguntó con voz suave.
-Ja danke (sí, gracias), contesté un poco asustada. Mir ist kalt (tengo frío), agregué.
Hubo un silencio corto en el que él tomó distancia y pude verlo a él y a su otro amigo. No entendí muy bien qué hacía tan cerca de mí.
-Ich gehe jetzt rein, (voy a entrar ahora), dije.
-Ok, ciao. Machs gut (ok, chao. Que estés bien), dijo.
Y se fue. Se fueron. Yo no dije nada más.
Entré al cuarto de Pancho y la fiesta seguía. Comencé a sentirme mejor una vez me calenté. Pancho tocó guitarra, como siempre, Irvan lo acompañó con los tambores y cantamos. Esa noche dormí en casa de Pancho.
Al otro día, cuando nos despertamos, le pregunté quién era el tipo de la chivera.
-No lo conozco.
-Nunca lo habías visto?, le pregunté
-Sí, una vez antes. Pero sólo hasta anoche nos presentaron.
-Y qué sabes de él?
-No mucho. Que es gringo y que es amigo de unos amigos.
-Dónde vive?
-No sé. Por qué tantas preguntas? Te hizo algo?
-No, anoche lo vi afuera en la terraza. Creo que me estaba espiando mientras dormía. Pero no hizo nada.
Entonces Pancho hizo un mmm y no dijo nada más.
Al día siguiente, que era sábado, llegué a las 5 de la tarde a casa de pancho. No le había avisado que iba a ir. Cuando me abrió la puerta me miró de pies a cabeza.
-Y a ti qué te pasa que estás tan arreglada?
-Es que presiente que hoy lo voy a ver.
-A quién?
-Pues al gringo.
-Ah sí? Y en dónde?
-Aquí en tu casa.
Pancho se rió.
-No querida, acá no será porque yo tengo que salir a trabajar a las 7.
Sentí una enorme vergüenza por estar tan arreglada para nada. Pancho lo debió notar porque me dijo:
-oye, pero si estás linda. Puedes ir a cualquier parte y pasarla bien.
-de hecho tenía una cita.
-Con quién?
-Con los sudtiroler. Se supone que vamos al Shamrock esta noche. Pero la verdad es que quería cambiar de planes.
-Bueno, si no te molesta, Stavros debe estar que llega y con él vamos a ir a una Grillparty antes de que tenga que salir al trabajo. Si quieres, vienes con nosotros.
Y justo en ese momento Stavros entró. Stavros es aún hoy uno de los sujetos más extraños que haya conocido. Pálido como la muerte, con ojos muy abiertos y pupilas muy dilatas a causa de su traba permanente, con espíritu frenético y expresión de psicópata. Además inteligentísimo. Me gustaba su compañía aunque nunca dejé de sentir miedo a su lado. En parte porque sabía que estaba enamorado de mí. No sólo me daba cuenta, sino que Pancho me lo había dicho, a modo de advertencia.
Nos montamos en el carro del que Stavros era chofer y nos dirigimos un lugar para mí desconocido. Cuando llegamos, se trataba de alemanes celebrando una de sus fiestas aburridas. Pancho, Stavros y yo nos sentamos en una esquina de las mesas y nunca llegamos a conversar con nadie más pues éramos los únicos extranjeros. Al rato, Pancho anunció que debía salir para el trabajo. Aburrida, como estaba, consideré irme con él y buscar otro destino. Estaba ya recogiendo mis cosas cuando entró el chico de la chivera sin chivera. Venía otra vez con su amigo.
Mi corazón empezó a latir fuerte. Le dije a Stavros que ya no me iba, que ahora me quedaba. Se disgustó e hizo una cara como de querer matarme y se fue a llevar a Pancho, quien desde la puerta me gritó “ahí tienes lo tuyo”. Le mandé un beso por el aire, se rió y se perdió de mi vista, con Stavros, para mi fortuna. Me quedé sola en la fiesta y escogí posición estratégica al lado de la caja de cerveza. Tarde o temprano los gringos tendrían que venir por una.
Mi estrategia funcionó a la perfección. Me preguntó si podía coger una cerveza. Le dije que no eran mías pero que adelante.
-Du bist Panchos Freundinn, nicht? (tu eres la novia de Pancho, cierto?)
-Nein, bin ich nicht. (no, no soy). Wir sind nur gute Freunde. (solo somos Buenos amigos)
En ese momento vi por primera vez su sonrisa.
-Dude, door is open, dijo.
Enseguida entró Evan. Lo miró y le preguntó cuando pensaba afeitarse la chivera.
-Don´t know. I´ve had it for 3 months now and i´m kind of used to it –respondió.
Evin se burló, le dijo que parecía un chico y que si no salían ya iban a llegar muy tarde.
-What´s the name of the guy we´re going?
-Pancho- respondió Evan.
-And you say he´s cool.
-Yes he is, most def he is. He plays guitar like a pro and has always pot at home.
-Ok, let’s go then and see what happens tonight.
Yo estaba en la cama de Pancho, sentada muy pegada a él porque el cuarto estaba lleno de gente. Pancho era mi amigo, pero todo el mundo al principio creía siempre que éramos algo más. La verdad es que nunca nos dimos un beso o tuvimos un “momento”. Éramos sólo amigos, muy buenos amigos. Tanto, que nos importaba poco lo que dijeran o pensaran. Igual, con el tiempo, los que nos conocieran se iban a dar cuenta que no pasaba nada entre los dos.
El cuarto de Pancho no era especialmente grande, pero esa noche estaba lleno de gente. Casi siempre había gente visitándolo porque era muy popular, una de esas personas que todo el mundo quiere. Esa noche habíamos fumado y bebido y yo estaba algo mareada. Intenté reposarme. Me acosté en la cama y puse mi cabeza en un de sus piernas, pues en la otra él estaba enrollando un Joint. Entraron más personas al cuarto. Entre ellas, un tipo altísimo, blanquísimo, con una chivera larga e intensos ojos azules. Yo quería mirarlo bien y hablarle, pues estaba claro que me gustaba, pero antes quería vomitar.
Me paré como pude y fui al baño. Primero vomité, luego cagué. Salí del baño e intenté regresar al cuarto de Pancho. Con tan solo entreabrir la puerta, llegó un vaho de olor a cigarrillo y fiesta que me alborotó nuevamente las nauseas. Decidí salir. Afuera hacia 15 grados, pero aún así era mejor el aire fresco y frío. Me quedé dormida en un sofá de la terraza.
Al rato sentí voces a mi alrededor.
-She´s Panchos girlfriend, leave her alone dude.
-She´s pretty.
-Yeah she is, leave her alone.
Creo que en ese momento abrí los ojos y vi al de la chivera muy cerca de mí.
-Gehts dir gut? (estás bien?), me preguntó con voz suave.
-Ja danke (sí, gracias), contesté un poco asustada. Mir ist kalt (tengo frío), agregué.
Hubo un silencio corto en el que él tomó distancia y pude verlo a él y a su otro amigo. No entendí muy bien qué hacía tan cerca de mí.
-Ich gehe jetzt rein, (voy a entrar ahora), dije.
-Ok, ciao. Machs gut (ok, chao. Que estés bien), dijo.
Y se fue. Se fueron. Yo no dije nada más.
Entré al cuarto de Pancho y la fiesta seguía. Comencé a sentirme mejor una vez me calenté. Pancho tocó guitarra, como siempre, Irvan lo acompañó con los tambores y cantamos. Esa noche dormí en casa de Pancho.
Al otro día, cuando nos despertamos, le pregunté quién era el tipo de la chivera.
-No lo conozco.
-Nunca lo habías visto?, le pregunté
-Sí, una vez antes. Pero sólo hasta anoche nos presentaron.
-Y qué sabes de él?
-No mucho. Que es gringo y que es amigo de unos amigos.
-Dónde vive?
-No sé. Por qué tantas preguntas? Te hizo algo?
-No, anoche lo vi afuera en la terraza. Creo que me estaba espiando mientras dormía. Pero no hizo nada.
Entonces Pancho hizo un mmm y no dijo nada más.
Al día siguiente, que era sábado, llegué a las 5 de la tarde a casa de pancho. No le había avisado que iba a ir. Cuando me abrió la puerta me miró de pies a cabeza.
-Y a ti qué te pasa que estás tan arreglada?
-Es que presiente que hoy lo voy a ver.
-A quién?
-Pues al gringo.
-Ah sí? Y en dónde?
-Aquí en tu casa.
Pancho se rió.
-No querida, acá no será porque yo tengo que salir a trabajar a las 7.
Sentí una enorme vergüenza por estar tan arreglada para nada. Pancho lo debió notar porque me dijo:
-oye, pero si estás linda. Puedes ir a cualquier parte y pasarla bien.
-de hecho tenía una cita.
-Con quién?
-Con los sudtiroler. Se supone que vamos al Shamrock esta noche. Pero la verdad es que quería cambiar de planes.
-Bueno, si no te molesta, Stavros debe estar que llega y con él vamos a ir a una Grillparty antes de que tenga que salir al trabajo. Si quieres, vienes con nosotros.
Y justo en ese momento Stavros entró. Stavros es aún hoy uno de los sujetos más extraños que haya conocido. Pálido como la muerte, con ojos muy abiertos y pupilas muy dilatas a causa de su traba permanente, con espíritu frenético y expresión de psicópata. Además inteligentísimo. Me gustaba su compañía aunque nunca dejé de sentir miedo a su lado. En parte porque sabía que estaba enamorado de mí. No sólo me daba cuenta, sino que Pancho me lo había dicho, a modo de advertencia.
Nos montamos en el carro del que Stavros era chofer y nos dirigimos un lugar para mí desconocido. Cuando llegamos, se trataba de alemanes celebrando una de sus fiestas aburridas. Pancho, Stavros y yo nos sentamos en una esquina de las mesas y nunca llegamos a conversar con nadie más pues éramos los únicos extranjeros. Al rato, Pancho anunció que debía salir para el trabajo. Aburrida, como estaba, consideré irme con él y buscar otro destino. Estaba ya recogiendo mis cosas cuando entró el chico de la chivera sin chivera. Venía otra vez con su amigo.
Mi corazón empezó a latir fuerte. Le dije a Stavros que ya no me iba, que ahora me quedaba. Se disgustó e hizo una cara como de querer matarme y se fue a llevar a Pancho, quien desde la puerta me gritó “ahí tienes lo tuyo”. Le mandé un beso por el aire, se rió y se perdió de mi vista, con Stavros, para mi fortuna. Me quedé sola en la fiesta y escogí posición estratégica al lado de la caja de cerveza. Tarde o temprano los gringos tendrían que venir por una.
Mi estrategia funcionó a la perfección. Me preguntó si podía coger una cerveza. Le dije que no eran mías pero que adelante.
-Du bist Panchos Freundinn, nicht? (tu eres la novia de Pancho, cierto?)
-Nein, bin ich nicht. (no, no soy). Wir sind nur gute Freunde. (solo somos Buenos amigos)
En ese momento vi por primera vez su sonrisa.
29.7.10
imágenes relatadas
tomad y bebed todos de él. ese es un ejemplo de una imágen bíblica que tengo en mi cabeza desde chiquita y que me horroriza. efectivamente veo un cuerpo en una mesa, abierto de par en par, con órganos nadando en sangre y 12 apóstoles comiendo y bebiendo de él hasta saciarse.
me pasa algo parecido con los chistes, que no los entiendo. todos se ríen y yo me imagino siempre lo literal. carezco de una dimensión.
y no es que no me ría nunca, para nada, soy una sola carcajada. es sólo que encuentro la gracia, el humor, en cosas muy simples o irónicas. o en locuras.
es una peligrosa combinación, pues hacen de mí un ser extraño, que muy pocos tienen certeza de que les agrada. alguna vez escribí un intento de poema que hablaba sobre un trago amargo que algún día alguien me hizo beber. Hoy se me ocurre que el trago amargo lo doy yo.
Sólo me he ganado una lotería de desgracia y no quiero otra. Hay personas en cadenas perversas hacia la miseria, hay otras en estrellas fugaces a la gloria.
Nada mejor que escribir después de una cagada monumental.
me pasa algo parecido con los chistes, que no los entiendo. todos se ríen y yo me imagino siempre lo literal. carezco de una dimensión.
y no es que no me ría nunca, para nada, soy una sola carcajada. es sólo que encuentro la gracia, el humor, en cosas muy simples o irónicas. o en locuras.
es una peligrosa combinación, pues hacen de mí un ser extraño, que muy pocos tienen certeza de que les agrada. alguna vez escribí un intento de poema que hablaba sobre un trago amargo que algún día alguien me hizo beber. Hoy se me ocurre que el trago amargo lo doy yo.
Sólo me he ganado una lotería de desgracia y no quiero otra. Hay personas en cadenas perversas hacia la miseria, hay otras en estrellas fugaces a la gloria.
Nada mejor que escribir después de una cagada monumental.
11.6.10
No me digas tu nombre
Tengo un amigo que me dice labababilla. No sé qué es peor, si baba o babilla. Tengo otro que me dice que yo no tengo concepto de un culo. No sé si sea mejor cambiar de amigos.
En realidad me llamo laura, pero prefiero l. Entre más corto el nombre, mejor. Acaso sea una proyección de cuánto le dure a uno la vida y qué tan clara se exprese. Laura es suficiente. Ni longevo como Maria Catalina Gardeazabal, ni tan trágico como Ana. Pero es confuso, Claudia? Clara? Paula? No les veo el parecido, pero me sucede a menudo. Lo peor es que tampoco genera tanta recordación como Bianca Eroti, por ejemplo. Quién podría olvidarse de una Bianca Eroti por favor? A cada rato me dicen Luisa, a veces incluso Lina. Supongo que Laura es un poco insulso y acaso he fortalecido mi carácter al punto de evitar que el mayo número posible de personas me olvide? Is it anybody outhere. A veces soy como el sol en un día nublado, frío y lluvioso que todos olvidan con las distracciones que ofrece la moderna vida sedentaria.
Tuve un novio que me decía laurasita y me hablaba con voz suave como susurros de promesas doradas que hicieron eco en mi corazón. Ahora tengo uno que a veces deja escapar un sencillo “pequeña”. Y me gusta porque se adapta perfecto a mi irónica grandeza amorfa e insignificante, cuando no soy más que una “pequeña” l.
Nunca nadie me ha llamado fonéticamente. Ele. Me gustaría más que Laura?
Tampoco he tenido apodos. Siempre me han dicho Laura. Algunos han intentado decirme Lauris, Lauri o Lali, pero se frustran tarde o temprano. Un colombiano en Alemania me decía que yo era peligrosa por traicionera. Tal vez nunca me gustó él porque era sincero (además de Uribista y cizañero) y sus palabras sin filtro herían mi ética y vanidad. A lo mejor necesité una dosis más fuerte de su parte, pero la evité a toda costa, cobardemente. Tal vez porque me hacía sentir el dolor que produce el veneno del juicio que aplico todos los días a todo. Del dictamen final con el que ordeno y concluyo. Laura! Puro imperativo. Sin diminutivos. Como un dolor intenso de un segundo. Cuando en realidad no es más que un caos sin pies ni cabeza, que se esconde bajo ese palito con ese puntico con carita de yo no fui.
Ya dije una vez que l de lila, loo, love y libertad y así fue. Ahora digo que l. y sabrá dios cuando decida regresar a las novelas. Es una ansiedad que me carcome por dentro, pero me encuentro vacía, breve, acaso sea la mejor oportunidad para redefinirme, para encontrarle nuevos significados a esa l.
lila ya no existe, loo hace rato se esfumó a un mundo paralelo de papel maché, love is in the air y por esto sólo me quedé en esta libertad tan abrumadora, que tras volar como efímera flor insignificante, me llevó a aterrizar y echar raíces. Estoy esperando la cosecha de mi siembra arriesgada. Mucha lluvia o verano. Esta vez mejora el sexo pero empeora la convivencia. Ayer me dijo que prefería botar el yogur antes de dármelo a mí (yo se lo había pedido insistentemente, pues él le quiere echar leche y con eso arruina su esencia de único yogur decente en Colombia. Es como matarlo! Para esa gracia puede comer kumis, que es exactamente lo que él va a hacerle a aquel pequeño y delicioso yogur que yo disfrutaría mucho más que él tal como es. Pero a él no le importa, él cree que es indiferente que vaya a matar el yogur sólo porque cree que porque compré dos, uno es para mí y otro para él. Y yo le concedo ese derecho… Es ciego ante la justicia y la equidad de quién se merece más ese yogur. O soy yo quien tiene la venda del egoísmo en los ojos? No, debí desde el principio decirle que estaba loco, que los había comprado sólo para mí y no oír sus reclamos y comermelo sin remordimiento –principio de la mejor defensa es el ataque- pero ya es muy tarde. Ya le otorgué ese derecho y ese yogur está más disputado que la franja de gaza y no se permiten provocadoras reclamaciones humanitarias).
En fin…
En realidad me llamo laura, pero prefiero l. Entre más corto el nombre, mejor. Acaso sea una proyección de cuánto le dure a uno la vida y qué tan clara se exprese. Laura es suficiente. Ni longevo como Maria Catalina Gardeazabal, ni tan trágico como Ana. Pero es confuso, Claudia? Clara? Paula? No les veo el parecido, pero me sucede a menudo. Lo peor es que tampoco genera tanta recordación como Bianca Eroti, por ejemplo. Quién podría olvidarse de una Bianca Eroti por favor? A cada rato me dicen Luisa, a veces incluso Lina. Supongo que Laura es un poco insulso y acaso he fortalecido mi carácter al punto de evitar que el mayo número posible de personas me olvide? Is it anybody outhere. A veces soy como el sol en un día nublado, frío y lluvioso que todos olvidan con las distracciones que ofrece la moderna vida sedentaria.
Tuve un novio que me decía laurasita y me hablaba con voz suave como susurros de promesas doradas que hicieron eco en mi corazón. Ahora tengo uno que a veces deja escapar un sencillo “pequeña”. Y me gusta porque se adapta perfecto a mi irónica grandeza amorfa e insignificante, cuando no soy más que una “pequeña” l.
Nunca nadie me ha llamado fonéticamente. Ele. Me gustaría más que Laura?
Tampoco he tenido apodos. Siempre me han dicho Laura. Algunos han intentado decirme Lauris, Lauri o Lali, pero se frustran tarde o temprano. Un colombiano en Alemania me decía que yo era peligrosa por traicionera. Tal vez nunca me gustó él porque era sincero (además de Uribista y cizañero) y sus palabras sin filtro herían mi ética y vanidad. A lo mejor necesité una dosis más fuerte de su parte, pero la evité a toda costa, cobardemente. Tal vez porque me hacía sentir el dolor que produce el veneno del juicio que aplico todos los días a todo. Del dictamen final con el que ordeno y concluyo. Laura! Puro imperativo. Sin diminutivos. Como un dolor intenso de un segundo. Cuando en realidad no es más que un caos sin pies ni cabeza, que se esconde bajo ese palito con ese puntico con carita de yo no fui.
Ya dije una vez que l de lila, loo, love y libertad y así fue. Ahora digo que l. y sabrá dios cuando decida regresar a las novelas. Es una ansiedad que me carcome por dentro, pero me encuentro vacía, breve, acaso sea la mejor oportunidad para redefinirme, para encontrarle nuevos significados a esa l.
lila ya no existe, loo hace rato se esfumó a un mundo paralelo de papel maché, love is in the air y por esto sólo me quedé en esta libertad tan abrumadora, que tras volar como efímera flor insignificante, me llevó a aterrizar y echar raíces. Estoy esperando la cosecha de mi siembra arriesgada. Mucha lluvia o verano. Esta vez mejora el sexo pero empeora la convivencia. Ayer me dijo que prefería botar el yogur antes de dármelo a mí (yo se lo había pedido insistentemente, pues él le quiere echar leche y con eso arruina su esencia de único yogur decente en Colombia. Es como matarlo! Para esa gracia puede comer kumis, que es exactamente lo que él va a hacerle a aquel pequeño y delicioso yogur que yo disfrutaría mucho más que él tal como es. Pero a él no le importa, él cree que es indiferente que vaya a matar el yogur sólo porque cree que porque compré dos, uno es para mí y otro para él. Y yo le concedo ese derecho… Es ciego ante la justicia y la equidad de quién se merece más ese yogur. O soy yo quien tiene la venda del egoísmo en los ojos? No, debí desde el principio decirle que estaba loco, que los había comprado sólo para mí y no oír sus reclamos y comermelo sin remordimiento –principio de la mejor defensa es el ataque- pero ya es muy tarde. Ya le otorgué ese derecho y ese yogur está más disputado que la franja de gaza y no se permiten provocadoras reclamaciones humanitarias).
En fin…
9.6.10
Un hombre maltrata su sombra,
la arrastra como a un esclavo negro,
la desprecia sin dirigirle una mirada.
Veo al perro más allá del perro
un gato muerto no es nada más que un cadaver,
visible pero insensible, imposible,
ya inexistente.
Espero en vano que ocurra un milagro que ya ocurrió,
que ocurre cada día
ante mis ojos ciegos.
El encanto y la poesía son invenciones
de enamorados
de locos
o de sabios.
Sólo una mujer podría explicar
la más cruenta de las guerras.
Sólo el amor es
una justificación válida para la tragedia.
Hay dolores efímeros
punzantes y reales.
Hay finales inconcebibles.
Hay preguntas detrás de cada pregunta
esperando
como soldados valientes de la curiosidad.
la arrastra como a un esclavo negro,
la desprecia sin dirigirle una mirada.
Veo al perro más allá del perro
un gato muerto no es nada más que un cadaver,
visible pero insensible, imposible,
ya inexistente.
Espero en vano que ocurra un milagro que ya ocurrió,
que ocurre cada día
ante mis ojos ciegos.
El encanto y la poesía son invenciones
de enamorados
de locos
o de sabios.
Sólo una mujer podría explicar
la más cruenta de las guerras.
Sólo el amor es
una justificación válida para la tragedia.
Hay dolores efímeros
punzantes y reales.
Hay finales inconcebibles.
Hay preguntas detrás de cada pregunta
esperando
como soldados valientes de la curiosidad.
2.6.10
Ahora no hay forma calidoso!
El problema de Mockus es que en el fondo no es colombiano, no es apto para reaccionar bien a grandes presiones negativas. Se exaspera y entorpece, como cuando le echó el agua a Serpa, cuando se agarró a golpes con detractores en su campaña para alcalde de Bogotá. La única vez que salió bien fue con la bajada de pantalones. No sabemos si va a correr la misma suerte cuando le toque dar un golpe de gracia definitivo a este país. Lo que sí es seguro es que este país le pudo perdonar la derrota, pero no su discurso. No su incapacidad de improvisar. Si Mockus estuviera en un país más predecible, acaso Lituanía, sería un gran líder, pues él, tras profundas reflexiones, es brillante. Pero al ritmo vertiginoso colombiano lo abruma, lo confunde, le impide reaccionar acertadamente la mayoría de veces. Es un riesgo muy grande y por esto la gente prefiere no arriesgarse.
60 años de guerra con la guerrilla no son tan fáciles de perdonar. Este país tampoco está listo para el perdón. Sólo un poco más del 20% puede perdonar, o comprende que guerra acarrea más guerra o que sencillamente que alimentar el odio es más nocivo y alguien tiene que ceder y ellos están listos a empezar. Eso explica por qué son tan pocos y por qué los medios y las encuestas sobreestimaron la población de este país.
La mayoría, es pasión, como bien dice la campaña presidencial. Está sedienta de rojo, de sangre y venganza, de carnaval y olvido. Santos me parece un mercenario. De Uribe no me cabía duda que lo animaba su situación personal para la guerra, que había sido la obsesión de su vida, que representaba la de tantos otros. Pero en Santos sólo veo a un vendido, a alguien sin dolores personales, pero suficientemente ambicioso para dirigir una guerra a sangre fría sólo por sentarse en la cabeza de un poder.
Nuevamente, no encuentro por quién votar.
60 años de guerra con la guerrilla no son tan fáciles de perdonar. Este país tampoco está listo para el perdón. Sólo un poco más del 20% puede perdonar, o comprende que guerra acarrea más guerra o que sencillamente que alimentar el odio es más nocivo y alguien tiene que ceder y ellos están listos a empezar. Eso explica por qué son tan pocos y por qué los medios y las encuestas sobreestimaron la población de este país.
La mayoría, es pasión, como bien dice la campaña presidencial. Está sedienta de rojo, de sangre y venganza, de carnaval y olvido. Santos me parece un mercenario. De Uribe no me cabía duda que lo animaba su situación personal para la guerra, que había sido la obsesión de su vida, que representaba la de tantos otros. Pero en Santos sólo veo a un vendido, a alguien sin dolores personales, pero suficientemente ambicioso para dirigir una guerra a sangre fría sólo por sentarse en la cabeza de un poder.
Nuevamente, no encuentro por quién votar.
27.5.10
Autorretrato
Tiene ojos que lamentan haber visto tanto de lo mismo, una sonrisa que ya casi sólo surge cuando hay ironía. Gusta de los niños y los perros, pero sólo por momentos. Ha olvidado si alguna vez supo qué era el amor.
Le atormentan pensamientos rabiosos de venganzas que nunca llevará a cabo. Los realiza frente al espejo, en el que se concentra en su expresión de soberbia, mientras a su alrededor alcanza a ver todo un mundo hipotético confabulado a su favor. Sale del baño arrepintiéndose de guardar tales sentimientos y se imagina que mientras tanto deben estar promoviendo un cáncer o atrofio en cualquiera de sus órganos. Sólo entonces recuerda la importancia de dar las gracias, aunque mayoría de las veces falla en darle a esta palabra su verdadero significado.
No le gusta la cebolla. No cree en fantasmas. Lamenta no tener más tiempo libre para jugar volleyball, cantar, bailar, escribir y dibujar. Sube y baja todos los días siete pisos en ascensor y, ocasionalmente, cuando éste se daña, lo hace por las escaleras.
Detesta las misas y ceremonias religiosas de cualquier índole desde que tiene memoria. Se afeita sólo cuando es absolutamente necesario. Es incapaz de entender los chistes de doble sentido.
Carece de tacto en su trato con la gente, peca por exceso de sinceridad y sufre a raíz del dolor que causa a seres queridos y los reclamos a lo que esto conlleva. Siempre ve lo malo antes que lo bueno. Aún así no se considera pesimista ni depresiva.
Hoy en día no tiene un color favorito, no sabe qué animal le gusta más, nunca ha votado y se queda fácilmente dormida en situaciones que encuentra de poco interés.
No sabe si se considera o no feliz, desconoce el sentido de la vida, le cuesta mucho darle un sentido a la propia. Preferiría tener un trabajo en el que pudiera dedicarse a pensar en el sinsentido de la vida de todo y todos y transmitirlo, pero en la vida real es burócrata de tercera categoría de un estado tercermundista. Aunque es consciente del absurdo, ejecuta su trabajo con suma responsabilidad y espera ansiosa la consignación a fin de mes. Se gasta un quinto del total en una terapia con sentido directamente proporcional al de su vida.
Aguarda grandes expectativas y trata de no sentirse frustrada al ver que no llegan.
A pesar del paso del tiempo sigue sintiendo que no encaja. Se ha hecho tras casi 30 años por fin a la idea de que tal vez nunca lo hará.
Le atormentan pensamientos rabiosos de venganzas que nunca llevará a cabo. Los realiza frente al espejo, en el que se concentra en su expresión de soberbia, mientras a su alrededor alcanza a ver todo un mundo hipotético confabulado a su favor. Sale del baño arrepintiéndose de guardar tales sentimientos y se imagina que mientras tanto deben estar promoviendo un cáncer o atrofio en cualquiera de sus órganos. Sólo entonces recuerda la importancia de dar las gracias, aunque mayoría de las veces falla en darle a esta palabra su verdadero significado.
No le gusta la cebolla. No cree en fantasmas. Lamenta no tener más tiempo libre para jugar volleyball, cantar, bailar, escribir y dibujar. Sube y baja todos los días siete pisos en ascensor y, ocasionalmente, cuando éste se daña, lo hace por las escaleras.
Detesta las misas y ceremonias religiosas de cualquier índole desde que tiene memoria. Se afeita sólo cuando es absolutamente necesario. Es incapaz de entender los chistes de doble sentido.
Carece de tacto en su trato con la gente, peca por exceso de sinceridad y sufre a raíz del dolor que causa a seres queridos y los reclamos a lo que esto conlleva. Siempre ve lo malo antes que lo bueno. Aún así no se considera pesimista ni depresiva.
Hoy en día no tiene un color favorito, no sabe qué animal le gusta más, nunca ha votado y se queda fácilmente dormida en situaciones que encuentra de poco interés.
No sabe si se considera o no feliz, desconoce el sentido de la vida, le cuesta mucho darle un sentido a la propia. Preferiría tener un trabajo en el que pudiera dedicarse a pensar en el sinsentido de la vida de todo y todos y transmitirlo, pero en la vida real es burócrata de tercera categoría de un estado tercermundista. Aunque es consciente del absurdo, ejecuta su trabajo con suma responsabilidad y espera ansiosa la consignación a fin de mes. Se gasta un quinto del total en una terapia con sentido directamente proporcional al de su vida.
Aguarda grandes expectativas y trata de no sentirse frustrada al ver que no llegan.
A pesar del paso del tiempo sigue sintiendo que no encaja. Se ha hecho tras casi 30 años por fin a la idea de que tal vez nunca lo hará.
24.5.10
¿Qué es ser colombiano?
Es una pregunta que me he hecho muchas veces y que aún no logro responder a cabalidad.
Haber nacido en Colombia, dirán unos. Y yo les contaré de tantas personas que conozco que nacieron acá y no saben español. Eso no es ser colombiano.
Pertenecer a Colombia, dirán otros. En esta respuesta puedo detenerme un poco más. Me parece, en principio, acertada. El problema está en definir qué es pertenecer. ¿Basta decir con que uno pertenece para pertenecer? Me parece que no es tan sencillo. Que en el pasaporte diga que uno es colombiano, tampoco es garante de nada. Se puede ser colombiano, sin ser colombiano, pienso yo. Me explico, se puede haber nacido, crecido, vivido toda la vida dentro de los límites territoriales de este país y aún no ser de este país. Ese es casi mi caso, con excepción de 5 años que viví por fuera, y aún no me siento colombiana.
¿Qué me siento entonces, si no Colombiana? Si duda alguna paisa. Más paisa que la arepa, eso sí. Aunque no conozco todos los rincones de mi bella Antioquia, sí muchos. Hablo este idioma, entiendo esta cultura (a pesar de mí misma) y me como contenta su comida, así como canto enteras algunas (la verdad muy pocas) de sus canciones. Pero Colombia… la sola palabra me parece remota. Sé muy poco, cómo entonces podría auto designarme co-lom-bia-na? Demasiadas sílabas para un ser de tan corto alcance como yo.
En una semana hay votaciones para los colombianos. ¿Que por quién voy a votar yo? (sí, ya sé que nadie me está preguntando, pero aún así voy a seguir haciendo como si alguien lo estuviera haciendo). Pues por nadie. No voy a votar. Voy tranquila por la vida, contestando sinceramente, como sólo sé hacerlo; y alrededor mío todo (casi) el mundo (otra exageración) se escandaliza. Unos me amenazan que luego no puedo quejarme del presidente que quede, otros que cómo me atrevo a rehusar ejercer mi derecho y finalmente unos cuantos que qué desperdicio ese votico (pensando sin duda alguna en los que le quedarán haciendo falta a su candidato).
No es sólo que esta constelación de candidatos no me resulte particularmente atractiva (es cierto que no lo hace), es que ser colombiano, como ser de cualquier parte del mundo (el solo hecho de tener una etiqueta en un papel insulso llamado pasaporte) es una trampa. Una en la que no pienso caer. Ya tuve que caer en la del sistema educativo a la fuerza (comenzó con gritos suplicando no ir a la guardería y terminó recibiendo un grado por correo porque detesto las ceremonias de ese tipo). Ahora que puedo, voy a rehusarme a caer en la trampa del sistema democrático.
Cuando uno nace, se tiene que acoger a las trampas de la vida o morir. Yo soy demasiado cobarde como para darme muerte a mí misma o provocármela vía terceros. En verdad, quisiera ser aún más valiente y rehusarme, no a partir de negaciones, sino de acciones. Desde luego, el temor de cometer estupideces extremistas (aunque sumamente bellas) como los aviones estrellados contra las torres gemelas, me aseguran un siempre cómodo puesto de pasajero gratuito, de inconforme inactivo, de mediocre refunfuñón. Y eso soy, tampoco aspiro a más.
Pero esa cuota de inacción es suficientemente saboteadora y escandalosa para hacerme feliz (feliz? No estoy muy segura que esa sea la palabra, tal vez la palabra que defina el sentimiento no exista), y lo mejor: no me garantiza un boleto a la cárcel porque es perfectamente legal. Es tan anónima, que nadie se ocupa de castigarla, aunque muchos la repudien. Yo quisiera que los repudiadores se sentaran a pensar conmigo, o sin mí, pero por lo menos a pensar (por una vez en sus largas vidas) en que no hay que aceptar las trampas, en que esta silenciosa resistencia (no tan silenciosa después de todo), lograría mucho más si muchas más personas la asumieran. ¿Existiría la democracia si el 99% de los votantes no fueran a votar, ni acudieran a ningún discurso de ningún candidato, ni participaran en ninguna encuesta, etc.? De dónde sacarían ánimos los políticos para ser políticos si no existieran los adeptos? ¿Discursos ante plazas vacías? ¿Volantes sin repartir? ¿Banderas asfixiadas en el suelo? La anarquía no existe porque este mundo no es de individuos (aunque la modernidad se empeñe en repetirlo) sino de animales políticos, como bien lo sabía Aristóteles.
Pero nunca me he tragado mucho la baba aristotélica. Si me la tragara, habría creído en el silogismo: “si Medellín es de Colombia y yo soy de Medellín, por ende soy colombiana” y nada de esto hubiera sido necesario. Por lo tanto, aunque me considero animal, no me considero político. A eso se resume mi apuesta (y apuesto a que no es mía, sino que ya mucho antes se la habían inventado), es una lástima que pocos lo entiendan.
En este país hay una nefasta combinación de valores tergiversados con pasiones extremas. Sólo esas palabras bastan para explicar la violencia que tenemos. Habría que cambiar alguna de las dos, pero parece que no es tan fácil. Sólo a un presidente cínico incendiario como Uribe se le ocurre internacionalizar esa llama con una campaña como “Colombia es pasión” y vivir del negocio de la guerra desde el poder. En vez de alimentar esa larva letal, habría que darle tregua, permitirle que en su capullo madurara algo maravilloso, pero no damos tiempo a nada con las invasiones permanentes de esta era. La materia prima se queda en sólo eso y nos preguntamos todavía por qué en medio de tanta riqueza seguimos siendo tan pobres. Mientras tanto, todos se preocupan exclusivamente por quién va a votar uno, pero jamás por la solución a los problemas.
Para terminar quisiera compartir unas cuantas hipótesis sobre los candidatos de esta contienda electoral:
1. El pobre Santos es tan feo que ni siquiera puede salir en sus propias campañas. También podría pensarse que sus campañas son tan malas, que ni él quiere salir en ellas, pero creo que es más acertada la primera hipótesis.
2. Pardo no va a ganar porque no genera recordación. De otra manera, no me explico por qué nadie habla de cuando Escobar lo secuestró en la Catedral y sobornó así a Gaviria para escaparse; o de cuando traicionó una negociación con la guerrilla con el ataque a Casa Verde.
3. Petro es un hombre mal vestido, peinado y hablado. Eso tiene explicación en su pasado guerrillero. Los colombianos no son capaces de elegir a un exguerrillero mañé, así sea más inteligente que el resto.
4. Noemí Sanín no es paisa. Paisa que se respete se sabe el himno de Antioquia antes que el de Colombia. Esto reafirma su fama de traidora.
5. Germán Vargas Lleras es un político natural que nació cuando eso ya no se usaba.
6. Mockus es la prueba viviente de que la juventud colombiana es más facha que la generación de padres y abuelos uribistas, y lo peor es que aún no lo saben.
Haber nacido en Colombia, dirán unos. Y yo les contaré de tantas personas que conozco que nacieron acá y no saben español. Eso no es ser colombiano.
Pertenecer a Colombia, dirán otros. En esta respuesta puedo detenerme un poco más. Me parece, en principio, acertada. El problema está en definir qué es pertenecer. ¿Basta decir con que uno pertenece para pertenecer? Me parece que no es tan sencillo. Que en el pasaporte diga que uno es colombiano, tampoco es garante de nada. Se puede ser colombiano, sin ser colombiano, pienso yo. Me explico, se puede haber nacido, crecido, vivido toda la vida dentro de los límites territoriales de este país y aún no ser de este país. Ese es casi mi caso, con excepción de 5 años que viví por fuera, y aún no me siento colombiana.
¿Qué me siento entonces, si no Colombiana? Si duda alguna paisa. Más paisa que la arepa, eso sí. Aunque no conozco todos los rincones de mi bella Antioquia, sí muchos. Hablo este idioma, entiendo esta cultura (a pesar de mí misma) y me como contenta su comida, así como canto enteras algunas (la verdad muy pocas) de sus canciones. Pero Colombia… la sola palabra me parece remota. Sé muy poco, cómo entonces podría auto designarme co-lom-bia-na? Demasiadas sílabas para un ser de tan corto alcance como yo.
En una semana hay votaciones para los colombianos. ¿Que por quién voy a votar yo? (sí, ya sé que nadie me está preguntando, pero aún así voy a seguir haciendo como si alguien lo estuviera haciendo). Pues por nadie. No voy a votar. Voy tranquila por la vida, contestando sinceramente, como sólo sé hacerlo; y alrededor mío todo (casi) el mundo (otra exageración) se escandaliza. Unos me amenazan que luego no puedo quejarme del presidente que quede, otros que cómo me atrevo a rehusar ejercer mi derecho y finalmente unos cuantos que qué desperdicio ese votico (pensando sin duda alguna en los que le quedarán haciendo falta a su candidato).
No es sólo que esta constelación de candidatos no me resulte particularmente atractiva (es cierto que no lo hace), es que ser colombiano, como ser de cualquier parte del mundo (el solo hecho de tener una etiqueta en un papel insulso llamado pasaporte) es una trampa. Una en la que no pienso caer. Ya tuve que caer en la del sistema educativo a la fuerza (comenzó con gritos suplicando no ir a la guardería y terminó recibiendo un grado por correo porque detesto las ceremonias de ese tipo). Ahora que puedo, voy a rehusarme a caer en la trampa del sistema democrático.
Cuando uno nace, se tiene que acoger a las trampas de la vida o morir. Yo soy demasiado cobarde como para darme muerte a mí misma o provocármela vía terceros. En verdad, quisiera ser aún más valiente y rehusarme, no a partir de negaciones, sino de acciones. Desde luego, el temor de cometer estupideces extremistas (aunque sumamente bellas) como los aviones estrellados contra las torres gemelas, me aseguran un siempre cómodo puesto de pasajero gratuito, de inconforme inactivo, de mediocre refunfuñón. Y eso soy, tampoco aspiro a más.
Pero esa cuota de inacción es suficientemente saboteadora y escandalosa para hacerme feliz (feliz? No estoy muy segura que esa sea la palabra, tal vez la palabra que defina el sentimiento no exista), y lo mejor: no me garantiza un boleto a la cárcel porque es perfectamente legal. Es tan anónima, que nadie se ocupa de castigarla, aunque muchos la repudien. Yo quisiera que los repudiadores se sentaran a pensar conmigo, o sin mí, pero por lo menos a pensar (por una vez en sus largas vidas) en que no hay que aceptar las trampas, en que esta silenciosa resistencia (no tan silenciosa después de todo), lograría mucho más si muchas más personas la asumieran. ¿Existiría la democracia si el 99% de los votantes no fueran a votar, ni acudieran a ningún discurso de ningún candidato, ni participaran en ninguna encuesta, etc.? De dónde sacarían ánimos los políticos para ser políticos si no existieran los adeptos? ¿Discursos ante plazas vacías? ¿Volantes sin repartir? ¿Banderas asfixiadas en el suelo? La anarquía no existe porque este mundo no es de individuos (aunque la modernidad se empeñe en repetirlo) sino de animales políticos, como bien lo sabía Aristóteles.
Pero nunca me he tragado mucho la baba aristotélica. Si me la tragara, habría creído en el silogismo: “si Medellín es de Colombia y yo soy de Medellín, por ende soy colombiana” y nada de esto hubiera sido necesario. Por lo tanto, aunque me considero animal, no me considero político. A eso se resume mi apuesta (y apuesto a que no es mía, sino que ya mucho antes se la habían inventado), es una lástima que pocos lo entiendan.
En este país hay una nefasta combinación de valores tergiversados con pasiones extremas. Sólo esas palabras bastan para explicar la violencia que tenemos. Habría que cambiar alguna de las dos, pero parece que no es tan fácil. Sólo a un presidente cínico incendiario como Uribe se le ocurre internacionalizar esa llama con una campaña como “Colombia es pasión” y vivir del negocio de la guerra desde el poder. En vez de alimentar esa larva letal, habría que darle tregua, permitirle que en su capullo madurara algo maravilloso, pero no damos tiempo a nada con las invasiones permanentes de esta era. La materia prima se queda en sólo eso y nos preguntamos todavía por qué en medio de tanta riqueza seguimos siendo tan pobres. Mientras tanto, todos se preocupan exclusivamente por quién va a votar uno, pero jamás por la solución a los problemas.
Para terminar quisiera compartir unas cuantas hipótesis sobre los candidatos de esta contienda electoral:
1. El pobre Santos es tan feo que ni siquiera puede salir en sus propias campañas. También podría pensarse que sus campañas son tan malas, que ni él quiere salir en ellas, pero creo que es más acertada la primera hipótesis.
2. Pardo no va a ganar porque no genera recordación. De otra manera, no me explico por qué nadie habla de cuando Escobar lo secuestró en la Catedral y sobornó así a Gaviria para escaparse; o de cuando traicionó una negociación con la guerrilla con el ataque a Casa Verde.
3. Petro es un hombre mal vestido, peinado y hablado. Eso tiene explicación en su pasado guerrillero. Los colombianos no son capaces de elegir a un exguerrillero mañé, así sea más inteligente que el resto.
4. Noemí Sanín no es paisa. Paisa que se respete se sabe el himno de Antioquia antes que el de Colombia. Esto reafirma su fama de traidora.
5. Germán Vargas Lleras es un político natural que nació cuando eso ya no se usaba.
6. Mockus es la prueba viviente de que la juventud colombiana es más facha que la generación de padres y abuelos uribistas, y lo peor es que aún no lo saben.
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